Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Extracto de "Poderoso caballero es don dinero" de Francisco de Quevedo
Dijo Tolstoi que "el dinero es una nueva forma de esclavitud, que sólo se distingue de la antigua por el hecho de que es impersonal, de que no existe una relación humana entre amo y esclavo". Es la existencia del sujeto humano la que crea el dinero no sólo como objeto de intercambio, sino como fin primero y último de su existencia. El dinero es en sí un concepto neutro; es la relación respecto a él, el valor que se le otorga -mas allá del cuantificable "precio", su importancia concedida por el Hombre- la que produce cualidades nefastas.
El Hombre con el dinero descubre su más perversa condición. Es a través de él -pero no a causa- que su actitud se pervierte, desbordando sus deseos de forma incontrolable. Su particular relación con el dinero hace que se inmiscuyan elementos que poco o nada tienen que ver con las funciones objetivas de este; de tener un carácter material e inanimado pasa a personificarse de tal modo que hacia él se experimentan todo tipo de sentimientos interhumanos: placer, amor, dolor, odio, etc. Cuando se atribuyen cualidades propias del hombre a un objeto, el diagnostico es que se padece algún tipo de patología. Y ésta es generalizada.
Gottfried Feder, uno de los más lúcidos economistas del siglo XX, llamaba a esta situación mammonismo[1]. En su Manifiesto contra la usura y la servidumbre del interés del dinero explica que "por mammonismo ha de entenderse: por una parte, el poder mundial del dinero, la potencia financiera supraestatal reinante por sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos, la así llamada internacional dorada y, por otra parte, una disposición del espíritu que se ha adueñado de amplios círculos populares: el ansia de lucro insaciable, una concepción de la vida orientada exclusivamente a los valores materiales, que ya ha conducido y continuara conduciendo a una alarmante caída de todas las normas morales. Esta cosmovisión llevada al paroxismo esta corporizada en la plutocracia internacional." [2]
En el mammonismo estamos, desde hace mucho tiempo. Ya en el siglo VIII A.C. el pastor -y profeta- Amós fue perseguido y expulsado[3] por, entre otras cosas, condenar y señalar: “aumentáis los precios, alteráis las balanzas; obligáis a los pobres a venderse por un par de sandalias”. Pero la existencia histórica de un comportamiento grotescamente materialista no tiene parangón con la sociedad actual de la Edad Contemporánea[4], que ha elevado la servidumbre -tanto material como espiritual- del dinero a una categoría superior, hasta el punto de no encontrar otro concepto que domine con tanta fuerza al Hombre. Objeto por el cual se han llevado a cabo las mas innobles acciones contra el propio ser humano, la mayoría de las veces mentiras conscientemente camufladas ("democratización, liberación, paz social"), lo que es aun mas abyecto si cabe: las acciones mas crueles van unidas siempre de las mas burdas mentiras.
Esta dinámica de posesión sojuzga las demás aspiraciones humanas, todo se postra a su poder: el arte, el amor, la propia existencia. Como un veneno todo lo menoscaba hasta transformarlo en lo contrario de lo que debería ser. Así aquello que eleva al hombre lo vuelve despreciable. La prueba esta en la concepción exclusivamente mercantilista de todo aquello que otrora dignificaba nuestra existencia, aquello que llamó Nietzsche "metafísica del hombre".
El sentimiento de propiedad, que marca de modo tan importante y significante nuestra sociedad hasta subordinarla, fue defina por Aristóteles como "crematística", es decir el "arte de enriquecerse sin límites", mas allá de nuestras necesidades reales, convirtíendo el dinero en "ídolo de iniquidad". La crematística es el deseo obsesivo por el dinero, otro síntoma mas de nuestra profunda enfermedad supramaterialista.
Las personas -bajo el mammonismo- dejamos de SER pues, una vez alienados, perdemos el carácter que nos hace humanos para crear algo nuevo -y viejo también-, algo despreciable: ni mas ni menos que unos mamones. De ahí que los sistemas y regímenes que nos gobiernan, disfrazados de democracias, no sean más que nepotismos, plutocracias y cleptocracias.
[1] "Mammon"es una palabra de origen arameo, significa "riqueza", pero tiene una etimología confusa; los eruditos han sugerido conexiones con el verbo "confiar" o un significado de la palabra "confiado", o con la palabra hebrea "matmon", significado "tesoro". También se utiliza en hebreo como palabra para simbolizar "dinero" (ממון.) . La palabra griega para Mammon, es μαμωνας (mamonas), y puede verse en el Sermón de la montaña (durante el discurso sobre la ostentación) y en la parábola del administrador injusto (Lucas 16:9-16). Otros eruditos derivan Mammon del fenicio mommon ("beneficio" o "utilidad")." (Fuente: Wikipedia)
[2] Feder, Gottfried, Economia de Exito ahora prohibida, Buenos Aires, Editorial Argentina, 2001, p. 5
[3] Amós 7:12-13
[4] Leer La Fe Moderna de la Edad Contemporánea y La Iglesia Progresista y El Retablo de las Maravillas
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