La publicación de las balanzas fiscales de las autonomías ha puesto de manifiesto los privilegios de los que pagan y encima se quejan. Nube de tinta que este gobierno de calamares necesita para seguir defendiendo que pretenden defender el Estado del Bienestar, empezando por el suyo. El déficit de las cuentas del Estado, hoy en prensa, seguro que no se debe a esa proliferación de funcionarios con fabulosos sueldos sino a la crisis del ladrillo y el fin del petróleo barato.
Para seguir ilusionando a la ciudadanía y mantener mareada la perdiz no hay más que volver a jugar a los nacionalismos, que si el orgullo de ser español no motiva lo haga al menos el sentirse del territorio que sea. Basta llamar identidad a los privilegios y a todos nos entra una prisa terrible por saber “de quiénes somos”, como dicen en los pueblos. Yo, que antes era catalana porque me habían dicho que era catalán todo el que vivía y trabajaba en Cataluña, y que gracias a los actuales maestros simbolizadores he dejado de serlo, en el supuesto de que permitan que pueda aplicarme eso de que es catalán sólo el que quiere serlo, estoy convencida de que si hago caso a los nacionalistas catalanes soy una víctima del resto de España, que por mucho que los números digan que los de Madrid son más solidarios, eso no hay quién se lo crea porque allí los que mandan son de derechas como aquí, pero es que además lo dicen. Y eso es posicionarse del lado del verdugo, que no se quieran ahora hacerse las víctimas, que víctimas somos los de las autonomías históricas, víctimas del centro y de la globalización, porque España además que no tener sentido para un centro nunca tendrá bastante perifería. Se podría escribir mucho del mérito de ser catalán estos días y de paso recordar como el mérito es una cortina de humo que oculta la perpetuación del privilegio.
La victimización, que es la versión fraudulenta de ese privilegio, nos lleva a reconstruir la identidad nacional a pesar de que todos tenemos la sospecha de que a través de estas supuestas atalayas privilegiadas reaparezca y se restaure el pensar dogmático y el obrar despótico. Por muy tolerantes que se digan, porque su tolerancia que no hay quién se la crea, porque no viene de abajo, sino que es una especie de moral que esconde los privilegios de la élite nacionalista y de la que en último término sólo se aprovecha esta.
El problema de la tolerancia de quién es diferente por razones físicas o sociales, es un supuesto completamente diferente de la tolerancia de creencias u opiniones; en el primer caso se trata de problemas de "prejuicio y discriminación"; en el segundo , el clásico, el problema es "la verdad y la compatibilidad teórica y práctica de verdades contrapuestas". La ciudadanía, o es un proyecto universal, o es una penosa cobertura del privilegio... en realidad nunca estará completa sino cuando exista como ciudadanía mundial. La exclusión es enemiga de la ciudadanía. Publicar las cuentas sabiendo que se van a malinterpretar es una nube de tinta con fines estratégicos.
La soberbia, la fuerza fósil del Yo colectivo, nace de la pertenencia y querría volver a ella. Los actuales intentos de reconstrucción de la identidad y, por lo tanto de la pertenencia, comportan un carácter descarriado, imposible y regresivo. La pertenencia, que quiere restablecer como fundamento orgánico de identidad bajo el principio “Los buenos son los nuestros” es tan malignamente regresiva porque arrasa con su engozamiento lo único habitable que ha dejado la territorialización universal: un concepto de bondad desvinculado de toda relatividad de pertenencia.
Pujol reclamaba el otro día su derecho al patriotismo, que tiene todo país que se precie. No como España, se entiende. Muchos de nosotros, catalanes de nacimiento, educados en esa lengua ahora impropia, enamorados de ella, nos sentimos en este país como indios en la reserva, como extranjeros. ¿Por qué de repente ya no nos sentimos tan orgullosos por hablar en catalán con los que no lo conocen bien? ¿Qué hace que usar la cabeza en estas cosas nos convierta en extraños en nuestra propia casa? ¿Por qué se da esa patria como desconocida, perdida, olvidada, conviertiéndonos en una especie de exilados? ¿Quién nos va a devolver un equivalente del territorio, un vale por “nuestra casa”? ¿Cuál es la relación del pensamiento con la tierra? ¿Qué tipo de patriota es el que pone en duda la bondad de ciertas ideas de Patria? ¿A qué viene nuestro aire de volver del país de los muertos con lo de insistir en pensar en lo bueno para todos?
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