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Presentación del libro "El Espejo"
antonioldm - 2008-05-09 06:09:56
El miércoles 14 de Mayo presento mi último libro "El Espejo", que fue áccesit hace unos meses del Premio Internacional Vivendia de Libro de Relatos. Este acto lo vamos a hacer en un local de música en vivo de Aluche, y contaremos con la actuación del dúo Kuentaké Javi J. Palo y David García, que harán un pequeño espectáculo inspirado en uno de los cuentos. Luego lo de siempre, yo digo un par de tonterías, el editor monta un strip tease y nos tomamos unas birras. Ah, y tendréis la ocasión de llevaros el libro firmado por el autor.
El sitio en cuestión es:
LA MALA LIVE MUSIC
C/ Seseña 9 (Metros Aluche, Campamento y Casa de Campo)
DÍA: 14 DE MAYO
HORA: 20:30
Reseña del libro (texto de contraportada):
"El Espejo es un vivísimo fresco de ambientes urbanos y marginales en los que decadentes y decaídos personajes compran su propio destino a camellos que se cansaron de vender esperanza y entraron a formar parte del show business. López del Moral abandona momentáneamente el territorio de la novela y se adentra en el del relato breve con esta compilación de pequeñas piezas, con las que logró el áccesit del Premio Internacional Vivendia de libro de relatos. Todas ellas tienen un denominador común: la búsqueda desesperada de respuestas en la contemplación del propio rostro aterrado en un espejo, la mezcla inmisericorde de realidad y ficción, de autobiografía y mentira, de verdades a medias y embustes como puños, en un ejercicio de sinceridad brutal que se sumerge, y nos sumerge, en los rincones más oscuros y torturados de nosotros mismos.
La realidad como teatro, la ciudad como compañero de juerga con el que te vas a la cama al final de la noche: un poco de memoria, mentira, sueño y lenguaje, y el toque de los restos de las copas que quedan abandonadas en los locales vacíos de madrugada. Es la realidad dejada a enfriar en el plato hasta que fermenta, y retomada cuando el pensamiento se pone en erección."
Antonio López del Moral Domínguez
El sitio en cuestión es:
LA MALA LIVE MUSIC
C/ Seseña 9 (Metros Aluche, Campamento y Casa de Campo)
DÍA: 14 DE MAYO
HORA: 20:30
Reseña del libro (texto de contraportada):
"El Espejo es un vivísimo fresco de ambientes urbanos y marginales en los que decadentes y decaídos personajes compran su propio destino a camellos que se cansaron de vender esperanza y entraron a formar parte del show business. López del Moral abandona momentáneamente el territorio de la novela y se adentra en el del relato breve con esta compilación de pequeñas piezas, con las que logró el áccesit del Premio Internacional Vivendia de libro de relatos. Todas ellas tienen un denominador común: la búsqueda desesperada de respuestas en la contemplación del propio rostro aterrado en un espejo, la mezcla inmisericorde de realidad y ficción, de autobiografía y mentira, de verdades a medias y embustes como puños, en un ejercicio de sinceridad brutal que se sumerge, y nos sumerge, en los rincones más oscuros y torturados de nosotros mismos.
La realidad como teatro, la ciudad como compañero de juerga con el que te vas a la cama al final de la noche: un poco de memoria, mentira, sueño y lenguaje, y el toque de los restos de las copas que quedan abandonadas en los locales vacíos de madrugada. Es la realidad dejada a enfriar en el plato hasta que fermenta, y retomada cuando el pensamiento se pone en erección."
Antonio López del Moral Domínguez
Tristeza en metacrilato
antonioldm - 2007-11-26 08:44:29
Delante del sofá, la televisión es un guiño brillante, un ojo triste, una ventana cerrada que nos muestra un paisaje al que nunca podremos acceder. La televisión es el amanecer de la mentira y el crepúsculo de la realidad palpable, la televisión conecta mundos y rompe sinapsis, a la televisión queremos lanzarnos de cabeza, y destrozar su cristal oscuro, su región tan transparente, su señora de rojo sobre fondo azul.
¿Qué es lo primero, me preguntan en un spot mientras clavan en mi pupila la pupila azul de rayos catódicos, el ojo que todo lo ve, el ojo, el ojo, el gran hermano, la pantalla, la mirada del otro? La televisión o el inframundo, el otro lado del espejo, la ruptura, la tristeza conservada en metacrilato, como una tarántula que ya nunca morderá a nadie. La televisión apagada también es televisión, pero coño, ya no nos hace tanta gracia, aunque en esa pantalla negra se vislumbre el reflejo alucinado de un enano que se parece sospechosamente a nosotros mismos.
Hay una cultura, o no la hay, en torno a la puñetera televisión. Hay cine, aunque nadie diría que lo es, periodismo que se aproxima y roza la frontera azul de la snuff movie, hay en la televisión un adelanto de la muerte en directo, una censura sin censurar, un estertor maquillado y reconvertido en temblores de final de una época. Nos hemos acostumbrado a mirar a la muerte a la cara, y ya no nos asusta su esqueleto, y la famosa guadaña nos parece en la pequeña pantalla una navaja multiusos, como esas que ahora se utilizan para anunciar cuentas corrientes, qué tendrá que ver.
En la televisión un imbécil con corbata nos quiere vender miedo y necesidades o necedades perentorias, la televisión son imbéciles hablando para otros imbéciles, vendiendo casas sin construir, castillos en un aire contaminado, rebanadas de pan untadas con la mantequilla que Marlon Brando utilizó para sodomizar a no me acuerdo quién en su famoso Tango en París.
Pero la televisión no es el cine, aunque lo parezca, no es el periodismo, no es el pensamiento a pesar de los filósofos de madrugada que venden silogismos por kilos, no es la literatura ni el amor, tampoco el sexo, no es nada de todo eso, qué le vamos a hacer, pero tampoco podríamos decir qué es exactamente. Es una mentira rutilante y a veces patética, es un modelo del mundo, una guía de uso de la realidad que esforzados cretinos siguen al pie de la letra, sin percatarse de que la vida no es que esté en otra parte, es que se ha esfumado en el esfuerzo de leer el manual de instrucciones del nuevo plasma de 32 pulgadas.
La gran paradoja de la televisión es que te muestra una visión hiperrealista de un mundo absolutamente falso, un espejo que sólo refleja traiciones. No son ciertas las ciudades que vemos en la pantalla, no es auténtica la sociedad que se nos muestra, los negros no son tan negros, los moros no resultan, en persona, tan fundamentalistas, los rascacielos parecen más bajos.
Recuerdo que cuando estuve en Nueva York después de andar por Broadway durante casi una hora buscando el Empire State pregunté a un policía negro dónde estaba. Me miró como si le estuviese tomando el pelo, y, señalando detrás suyo, me escupió: “is this”. Me volví con cuidado, lo miré y, la verdad, no me pareció tan alto, y así se lo dije, me pareció un edificio más de aquella ciudad de edificios gigantes, aquellas calles de sombras y hormigón, esquinas de ruido y café aguado vigiladas por cíclopes de muchos ojos. El tipo se encogió de hombros y me dijo: “desde arriba parecía más alto”, y se alejó contoneándose, y mientras se marchaba recuerdo que pensé que el secreto de los americanos se basaba en la conocida máxima de explicar lo evidente, lo americano era la simplicidad de lo obvio, lo que se veía, la lógica sin más, eso si, cuidadosamente envuelta y vendida con una adecuada campaña de marketing. La lógica de la hamburguesa, o sea, hacer que medio mundo coma mierda, y encima contentos.
La televisión es la lógica de lo evidente, pero sin lógica, la televisión es la evidencia puesta a secar, la esencia de lo superficial, la presentación justificada en sí misma. La televisión condensa eso que decía Mac Luhan de que el medio es el mensaje, que cuando lo escribió se quedó tan ancho y no lo entendió ni Dios, pero que con el transcurrir de los años resulta que la cosa cobra peso, y al final tenía razón, el tío. La televisión es el mensaje, lo que es lo mismo que decir que el mensaje es irrelevante, como las palabras de amor que se dicen cuando lo haces.
Hoy por hoy el mensaje es lo de menos, lo que cuenta es el envoltorio, la forma, el color, la musiquita, o jingle, creo que lo llaman. Televisión, bola de cristal, ventana indiscreta, televisión llena de información vacía, archivo de realidades hertzianas e impalpables, otros mundos que no están en este, ni en ningún otro, porque no existen, no son, no los han dibujado así, ni de ninguna manera, los han diseñado con uno de esos programitas informáticos que también se justifican en sí mismos, porque al final resulta que también ellos son lo importante, lo que cuenta no es lo que escribes, sino el programa con el que lo has hecho, el ordenador, el sistema, en fin, la caña.
La televisión quizá sea reemplazada por el ordenador, pero sólo porque el ordenador se convertirá en la televisión, la fagocitará, la reemplazará por una versión corregida y revisada de ella misma. Medio frío o caliente, a quién le importa Mac Luhan a estas alturas, medio y mensaje, o mensaje a medias, medio demediado, como aquel vizconde de Italo Calvino, medio que da miedo a veces, que impresiona por su poder, que manipula conciencias y araña voluntades, que abofetea el rostro de quien lo observa con la guardia bajada. Podría escribir los versos más absurdos esta noche, amor, hablando de la televisión y otros asuntos, pero creo que lo voy a dejar ya, porque Irene me avisa desde el salón que está a punto de comenzar House.
Antonio López del Moral Domínguez
¿Qué es lo primero, me preguntan en un spot mientras clavan en mi pupila la pupila azul de rayos catódicos, el ojo que todo lo ve, el ojo, el ojo, el gran hermano, la pantalla, la mirada del otro? La televisión o el inframundo, el otro lado del espejo, la ruptura, la tristeza conservada en metacrilato, como una tarántula que ya nunca morderá a nadie. La televisión apagada también es televisión, pero coño, ya no nos hace tanta gracia, aunque en esa pantalla negra se vislumbre el reflejo alucinado de un enano que se parece sospechosamente a nosotros mismos.
Hay una cultura, o no la hay, en torno a la puñetera televisión. Hay cine, aunque nadie diría que lo es, periodismo que se aproxima y roza la frontera azul de la snuff movie, hay en la televisión un adelanto de la muerte en directo, una censura sin censurar, un estertor maquillado y reconvertido en temblores de final de una época. Nos hemos acostumbrado a mirar a la muerte a la cara, y ya no nos asusta su esqueleto, y la famosa guadaña nos parece en la pequeña pantalla una navaja multiusos, como esas que ahora se utilizan para anunciar cuentas corrientes, qué tendrá que ver.
En la televisión un imbécil con corbata nos quiere vender miedo y necesidades o necedades perentorias, la televisión son imbéciles hablando para otros imbéciles, vendiendo casas sin construir, castillos en un aire contaminado, rebanadas de pan untadas con la mantequilla que Marlon Brando utilizó para sodomizar a no me acuerdo quién en su famoso Tango en París.
Pero la televisión no es el cine, aunque lo parezca, no es el periodismo, no es el pensamiento a pesar de los filósofos de madrugada que venden silogismos por kilos, no es la literatura ni el amor, tampoco el sexo, no es nada de todo eso, qué le vamos a hacer, pero tampoco podríamos decir qué es exactamente. Es una mentira rutilante y a veces patética, es un modelo del mundo, una guía de uso de la realidad que esforzados cretinos siguen al pie de la letra, sin percatarse de que la vida no es que esté en otra parte, es que se ha esfumado en el esfuerzo de leer el manual de instrucciones del nuevo plasma de 32 pulgadas.
La gran paradoja de la televisión es que te muestra una visión hiperrealista de un mundo absolutamente falso, un espejo que sólo refleja traiciones. No son ciertas las ciudades que vemos en la pantalla, no es auténtica la sociedad que se nos muestra, los negros no son tan negros, los moros no resultan, en persona, tan fundamentalistas, los rascacielos parecen más bajos.
Recuerdo que cuando estuve en Nueva York después de andar por Broadway durante casi una hora buscando el Empire State pregunté a un policía negro dónde estaba. Me miró como si le estuviese tomando el pelo, y, señalando detrás suyo, me escupió: “is this”. Me volví con cuidado, lo miré y, la verdad, no me pareció tan alto, y así se lo dije, me pareció un edificio más de aquella ciudad de edificios gigantes, aquellas calles de sombras y hormigón, esquinas de ruido y café aguado vigiladas por cíclopes de muchos ojos. El tipo se encogió de hombros y me dijo: “desde arriba parecía más alto”, y se alejó contoneándose, y mientras se marchaba recuerdo que pensé que el secreto de los americanos se basaba en la conocida máxima de explicar lo evidente, lo americano era la simplicidad de lo obvio, lo que se veía, la lógica sin más, eso si, cuidadosamente envuelta y vendida con una adecuada campaña de marketing. La lógica de la hamburguesa, o sea, hacer que medio mundo coma mierda, y encima contentos.
La televisión es la lógica de lo evidente, pero sin lógica, la televisión es la evidencia puesta a secar, la esencia de lo superficial, la presentación justificada en sí misma. La televisión condensa eso que decía Mac Luhan de que el medio es el mensaje, que cuando lo escribió se quedó tan ancho y no lo entendió ni Dios, pero que con el transcurrir de los años resulta que la cosa cobra peso, y al final tenía razón, el tío. La televisión es el mensaje, lo que es lo mismo que decir que el mensaje es irrelevante, como las palabras de amor que se dicen cuando lo haces.
Hoy por hoy el mensaje es lo de menos, lo que cuenta es el envoltorio, la forma, el color, la musiquita, o jingle, creo que lo llaman. Televisión, bola de cristal, ventana indiscreta, televisión llena de información vacía, archivo de realidades hertzianas e impalpables, otros mundos que no están en este, ni en ningún otro, porque no existen, no son, no los han dibujado así, ni de ninguna manera, los han diseñado con uno de esos programitas informáticos que también se justifican en sí mismos, porque al final resulta que también ellos son lo importante, lo que cuenta no es lo que escribes, sino el programa con el que lo has hecho, el ordenador, el sistema, en fin, la caña.
La televisión quizá sea reemplazada por el ordenador, pero sólo porque el ordenador se convertirá en la televisión, la fagocitará, la reemplazará por una versión corregida y revisada de ella misma. Medio frío o caliente, a quién le importa Mac Luhan a estas alturas, medio y mensaje, o mensaje a medias, medio demediado, como aquel vizconde de Italo Calvino, medio que da miedo a veces, que impresiona por su poder, que manipula conciencias y araña voluntades, que abofetea el rostro de quien lo observa con la guardia bajada. Podría escribir los versos más absurdos esta noche, amor, hablando de la televisión y otros asuntos, pero creo que lo voy a dejar ya, porque Irene me avisa desde el salón que está a punto de comenzar House.
Antonio López del Moral Domínguez
Pacumbral
antonioldm - 2007-08-29 11:36:21
Nunca me han gustado los obituarios ni las necrológicas, aborrezco los epitafios y las dedicatorias tardías en coronas de flores tiernas que, tan pronto, ay, se secarán sobre el mármol. La muerte es una estación de paso en la que te ves atrapado para siempre, una brusca caída desde las alturas de tu irrelevancia. Sólo nos duele la muerte cuando nos roza, cuando toca a alguien a quien amamos, a quien conocemos bien, a quien necesitamos de un modo u otro en nuestra vida. Reconozco que cuando pasó lo de Diana de Gales o cuando la palmó Lola Flores, no conseguí entender las explosiones de dolor popular, me parecieron extemporáneas, exageradas, totalmente distorsionadas por sentimientos vulgares. Y ahora, de pronto, Umbral.
Umbral es algo más que uno de los tres mejores escritores españoles del siglo XX (junto a Cela, su maestro, y Delibes, su primer jefe). Umbral es más que su propio personaje destilado, triturado, masticado e instilado en las páginas de una obra tremenda. Umbral es algo más que un superdotado, algo más que un clásico vivo, algo más que el mejor columnista español de todos los tiempos, para mí por encima de Larra. Umbral es otra historia, la suya propia, y encima contada a su manera, toma ya.
Recuerdo que cuando comencé a leer periódicos, hace ya 20 años, me llamó un día la atención una columna escrita en endecasílabos. Con dos cojones. Me quedé tan alucinado que tuve que releerla. A la tercera comprendí que aquello era algo fuera de lo común, no se parecía a ningún otro columnista, y mira que había. Aquel tipo, Pacumbral, destacaba tanto que llegaba incluso a producir una sensación extraña de enajenación, un dejà vu literario que te retrotraía a autores que no habías leído nunca. Porque todos estaban en Umbral. Poco a poco, según fui ampliando mis lecturas, descubrí en sus columnas -que nunca perdonaba-, trazos de Larra, pedazos de carne de Quevedo, vocablos duros como piedras y olorosos como morcillas frescas de Cela, esperpénticas espantadas de Valle Inclán, y todo ello ambientado en una atmósfera del Madrid de posguerra, un Madrid de cigarrillos negros liados, criaditas y militares con maleta y café Gijón. Hay muchas literaturas, y todas, insisto, estaban en aquel Umbral con el que yo chocaba de bruces, deslumbrante, sorprendente, ora jocoso, siempre irónico, de pronto lírico, tierno, melodramático, costumbrista, provocador, evocador, memorioso e incansable.
El misterio de Umbral me persiguió durante mucho tiempo, no conseguía entender su sutilísima singularidad, me costaba trabajo, me despistaba, porque tan pronto me llevaba por los cauces de un estilo que me resultaba familiar (me recordaba a alguno de los autores que he citado antes), como súbitamente daba un quiebro, me clavaba en el culo uno de sus increíbles neologismos, y me dejaba con un palmo de narices, mirando al tendido y pensando aún en Quevedo, mientras él ya andaba por Larra. Durante un tiempo pensé que era una especie de Proust a la madrileña, con la magdalena mojada en whisky y a la sombra de las muchachas etcéteras, las ninfas verticales que resbalaban a veces húmedamente por sus novelas, y que te enseñaban los pechos a la manera de la Aurorita de La Colmena. Y finalmente llegué a la conclusión (conclusión es el punto exacto en el que uno se cansa de pensar) de que con Umbral no hay conclusión posible, porque su extraordinaria obra es una esponja, un papel secante que absorbe todo a la vez, vida, sexo, literatura, fiestas, whisky, dolor, felicidad, amargura y teclas de una underwood clásica que él convertía en daguerrotipo, fijando en el papel las imágenes recogidas a diario en la calle.
En Umbral no había separación entre la vida y la obra, escribía para vivir, vivía para escribir, escribía sobre la vida y vivía, en fin, donde le pillaba. En Madrid, o sea. Umbral era Madrid, y ningún otro autor ha retratado con tanto acierto los vaivenes de la ciudad, ningún autor le tomó el pulso a la movida madrileña como él, nadie colegueó al mismo tiempo con Ramoncín y con Cervantes, nadie utilizó en sus obras simultáneamente citas de Schopenhauer y frases robadas de una pintada en un edificio ocupado del Rastro. No se puede entender la transición sin las novelas de Umbral, pero es que tampoco se entiende la posguerra, ni el tardofranquismo (expresión acuñada por él), ni el tardofelipismo, ni a la gente guapa, ni a la jet, ni a los sociatas, ni a Corcuera con mono de electricista, ni a Barrionuevo con su cara de boxeador sonado, ni a Anguita, ni al cubalibre, ni a Tierno Galván, ni al loro que pasó a la historia. Umbral se despelotaba en cada libro, en cada artículo, en cada frase, no había en él ni una sola palabra sin idea, ni una sola idea que no apareciera tan brillantemente expuesta, que uno no sabía si quedarse con el fondo, o con la forma, o con los últimos restos del whisky de su vaso sempiterno. No se entiende tampoco a Mercedes Milá, que después de aquello se arrojó al barro mediático de los grandes hermanos, ni se comprende el Viagra, ni el pádel, y si este deporte absurdo se ha puesto de moda, fue sólo porque Pacumbral nos contó que Pedrojota se iba a jugar a mediodía con Josemari, en el Palestra, ya me entienden. Los periódicos, sin su columna, sin sus frases y sus quiebros, sin sus cotilleos, se convierten en meros boletines, en tristísimos despachos de agencia que tiemblan sobre la mesa, antes de caer abiertos por la sección de necrológicas, sobre la esperada flor de la última columna, esa que nunca llegó. Se ha roto la realidad, y esta vez no tenemos a nadie que nos lo cuente. Chao, Paco. Espero que le digas a Dios que has venido a hablarle de tu libro.
Antonio López del Moral Domínguez
Umbral es algo más que uno de los tres mejores escritores españoles del siglo XX (junto a Cela, su maestro, y Delibes, su primer jefe). Umbral es más que su propio personaje destilado, triturado, masticado e instilado en las páginas de una obra tremenda. Umbral es algo más que un superdotado, algo más que un clásico vivo, algo más que el mejor columnista español de todos los tiempos, para mí por encima de Larra. Umbral es otra historia, la suya propia, y encima contada a su manera, toma ya.
Recuerdo que cuando comencé a leer periódicos, hace ya 20 años, me llamó un día la atención una columna escrita en endecasílabos. Con dos cojones. Me quedé tan alucinado que tuve que releerla. A la tercera comprendí que aquello era algo fuera de lo común, no se parecía a ningún otro columnista, y mira que había. Aquel tipo, Pacumbral, destacaba tanto que llegaba incluso a producir una sensación extraña de enajenación, un dejà vu literario que te retrotraía a autores que no habías leído nunca. Porque todos estaban en Umbral. Poco a poco, según fui ampliando mis lecturas, descubrí en sus columnas -que nunca perdonaba-, trazos de Larra, pedazos de carne de Quevedo, vocablos duros como piedras y olorosos como morcillas frescas de Cela, esperpénticas espantadas de Valle Inclán, y todo ello ambientado en una atmósfera del Madrid de posguerra, un Madrid de cigarrillos negros liados, criaditas y militares con maleta y café Gijón. Hay muchas literaturas, y todas, insisto, estaban en aquel Umbral con el que yo chocaba de bruces, deslumbrante, sorprendente, ora jocoso, siempre irónico, de pronto lírico, tierno, melodramático, costumbrista, provocador, evocador, memorioso e incansable.
El misterio de Umbral me persiguió durante mucho tiempo, no conseguía entender su sutilísima singularidad, me costaba trabajo, me despistaba, porque tan pronto me llevaba por los cauces de un estilo que me resultaba familiar (me recordaba a alguno de los autores que he citado antes), como súbitamente daba un quiebro, me clavaba en el culo uno de sus increíbles neologismos, y me dejaba con un palmo de narices, mirando al tendido y pensando aún en Quevedo, mientras él ya andaba por Larra. Durante un tiempo pensé que era una especie de Proust a la madrileña, con la magdalena mojada en whisky y a la sombra de las muchachas etcéteras, las ninfas verticales que resbalaban a veces húmedamente por sus novelas, y que te enseñaban los pechos a la manera de la Aurorita de La Colmena. Y finalmente llegué a la conclusión (conclusión es el punto exacto en el que uno se cansa de pensar) de que con Umbral no hay conclusión posible, porque su extraordinaria obra es una esponja, un papel secante que absorbe todo a la vez, vida, sexo, literatura, fiestas, whisky, dolor, felicidad, amargura y teclas de una underwood clásica que él convertía en daguerrotipo, fijando en el papel las imágenes recogidas a diario en la calle.
En Umbral no había separación entre la vida y la obra, escribía para vivir, vivía para escribir, escribía sobre la vida y vivía, en fin, donde le pillaba. En Madrid, o sea. Umbral era Madrid, y ningún otro autor ha retratado con tanto acierto los vaivenes de la ciudad, ningún autor le tomó el pulso a la movida madrileña como él, nadie colegueó al mismo tiempo con Ramoncín y con Cervantes, nadie utilizó en sus obras simultáneamente citas de Schopenhauer y frases robadas de una pintada en un edificio ocupado del Rastro. No se puede entender la transición sin las novelas de Umbral, pero es que tampoco se entiende la posguerra, ni el tardofranquismo (expresión acuñada por él), ni el tardofelipismo, ni a la gente guapa, ni a la jet, ni a los sociatas, ni a Corcuera con mono de electricista, ni a Barrionuevo con su cara de boxeador sonado, ni a Anguita, ni al cubalibre, ni a Tierno Galván, ni al loro que pasó a la historia. Umbral se despelotaba en cada libro, en cada artículo, en cada frase, no había en él ni una sola palabra sin idea, ni una sola idea que no apareciera tan brillantemente expuesta, que uno no sabía si quedarse con el fondo, o con la forma, o con los últimos restos del whisky de su vaso sempiterno. No se entiende tampoco a Mercedes Milá, que después de aquello se arrojó al barro mediático de los grandes hermanos, ni se comprende el Viagra, ni el pádel, y si este deporte absurdo se ha puesto de moda, fue sólo porque Pacumbral nos contó que Pedrojota se iba a jugar a mediodía con Josemari, en el Palestra, ya me entienden. Los periódicos, sin su columna, sin sus frases y sus quiebros, sin sus cotilleos, se convierten en meros boletines, en tristísimos despachos de agencia que tiemblan sobre la mesa, antes de caer abiertos por la sección de necrológicas, sobre la esperada flor de la última columna, esa que nunca llegó. Se ha roto la realidad, y esta vez no tenemos a nadie que nos lo cuente. Chao, Paco. Espero que le digas a Dios que has venido a hablarle de tu libro.
Antonio López del Moral Domínguez
Que trabajen ellos
antonioldm - 2007-06-12 07:17:58
Eso de que el trabajo dignifica al hombre es un camelo como el sombrero de un picaor. Yo, que me siento más cercano a la izquierda, sector anarcoburgués, como diría Labordeta, cuando llega el Primero de Mayo me invade un sentimiento de enajenación que me impide tomarme en serio a mí mismo como obrero, cualificado y todo. El trabajo no es que dignifique al hombre, el trabajo lo que hace es reducirlo a engranaje industrial, a eslabón de la cadena productiva, a hormiga en el hormiguero, pero no el de Pablo Motos, que todavía tiene su aquél, sino el de Orwell, ya saben, Gran Hermano y por ahí. Y cuando hablo de trabajar no me estoy refiriendo a actividades de tipo artístico, música, literatura, pintura, cine. Me hacen mucha gracia esas folklóricas que en cuanto les ponen una cámara por delante, te sueltan con histrionismo:
- ¡Nunca he hecho otra cosa que trabajar!
¿Trabajar? Flaubert escribía veinte horas diarias, pero, ¿trabajaba? Picasso agarraba el pincel después de hacer el amor (no, no me refiero a ese pincel), y pasaba la petite morte entre la inspiración y el esfuerzo artístico, que no tiene nada que ver con el trabajo. Decía Flaubert que la inspiración existe, pero tiene que llegar trabajando. ¿Trabajar? ¿Trabaja Nacho Vidal, por continuar en la onda de los grandes artistas? ¿Celia Blanco? Y no quiero entrar en el controvertido tema de la música, porque capaces son Ramoncín y Bautista de partirme la cara (¿se consideraría trabajo dar una paliza por dinero a alguien que te cae mal?).
El trabajo es una maldición bíblica, al mismo nivel de la de “parirás a tus hijos con dolor”. Yo creo que la primera obligación del ser humano no es, como decía Marx, hacerse con el control de los medios de producción para llegar a la emancipación, sino que la emancipación llega en el momento en que interiorizas que el trabajo no es lo que siempre habías pensado, que no sólo no te hace más persona, sino que en realidad te aliena, te allana, te lima y encima te estropea el cutis y las manos. La emancipación llega cuando comprendes que tu obligación como ser humano es vivir sin pegar ni chapa, aunque el derecho a la pereza (Le droit à la paresse) ya lo defendía Paul Lafargue, yerno del propio Marx. Recuerdo una escena en contraposición a lo anterior: una mujer joven se acercó en una tienda de ropa a una señora, convencida de que se conocían, pero la señora no daba muestras de saber quién era, y entonces la chica insinuó que quizá habían coincidido en algún trabajo. La señora se escandalizó.
- ¡Por favor! –dijo- Yo no he trabajado en mi vida.
Al margen de la connotación clasista de la respuesta, que la tiene, lo cierto es que esa actitud de desdén hacia el trabajo la comparten aristócratas y vagabundos, que más o menos viene a ser lo mismo. Tengo dos amigos, hermanos gemelos, dignos de una película de Lars Von Triers que con 40 años, tampoco han trabajado nunca, y no es que sean ricos, ni muchísimo menos, es que desde el principio interiorizaron la mentira del sistema, y se niegan a participar. Se limitan a vivir. Viven. No frecuentan restaurantes, ni tiendas, ni museos, no leen periódicos ni utilizan internet. No me pregunten de dónde sacan para comer, vestir y pagarse sus vicios. Lo ignoro. Probablemente ellos tampoco lo sepan, ni les preocupe, y por eso han sido capaces de mantenerse a flote. No ven la realidad desde los planteamientos convencionales, es decir, no han creído nunca en la necesidad de trabajar. Estos hermanos aparecerán en alguna novela mía, pero ahora me interesa hablar del equilibrio, ese equilibrio en el que es difícil mantenerse, porque sólo un peldaño más abajo está la indigencia. Yo creo que sí es posible instalarse en la acracia, el descreimiento y la actitud diogenésica, yo creo que en el momento en el que comenzamos a dudar, en el momento en que nos planteamos que quizá sea necesario ese trabajo, entramos en la rueda, y quedamos atrapados en el sistema, como moscas incapaces de entender que son ellas mismas las que tejen la red con sus pensamientos (por supuesto, hablo desde un planteamiento individualista. Que no me crucifiquen los mileuristas obligados a trabajar para mantener a una extensa prole o pagar deudas).
En mi colegio, los Maristas de Chamberí, nos inculcaban desde niños la idea del trabajo, y nos contaban para ello, entre otras infinitas parábolas, la de tres obreros colocando ladrillos. A los tres les preguntan qué hacen, y uno de ellos responde: “yo, ganarme el pan”. Otro: “estoy colocando estos ladrillos de forma armoniosa”. Y el tercero en discordia apostilla: “yo, construyo una hermosa catedral”. ¡Qué bonito y qué aleccionador! Es que los curas lo simbólico lo tienen muy estudiado. Luego todo se queda en símbolos, ya digo, porque contrariamente a lo que preconiza esa parábola, el trabajo, para ser considerado como tal, debe caracterizarse por la alienación del trabajador, o, dicho de otra manera, que el currante tiene que acabar de pringar hasta el escroto. Les pongo un ejemplo: los curas que desempeñan su oficio de forma mecánica, leyendo el pasaje correspondiente de la Biblia en la homilía, dando de comulgar con mano blanda y dormitando en el confesionario con el alzacuellos manchado de saliva, hacen carrera en la curia, pero los que se toman su labor en serio y construyen hermosas catedrales, y se entregan completamente, como Enrique de Castro, son considerados subversivos, peligrosos, teólogos de la liberación, rogelios sin futuro en la iglesia, y al final les chapan el chiringuito. O sea, que, paradójicamente, si quieres llegar a algo en alguna actividad, es mejor que esta nunca llegue a ser tu trabajo, porque siempre habrá quien dude de tus motivos.
Estoy pensando ahora mismo en la iniciativa colectiva del Linux en la informática, un sistema desarrollado por millones de usuarios que trabajan colaborativamente y sin cobrar, y que han conseguido que dicho programa sea mucho más eficaz y seguro que el Windows (aunque eso tampoco es muy difícil). O en las organizaciones espontáneas de gente que desprecia los partidos políticos y las ONGs, y que luchan por reivindicaciones sociales o ecologistas sin ponerse siglas. La profesionalización lleva implícito el germen de la corrupción. El amateurismo es la mejor garantía de excelencia. Da lo mejor de ti mismo, pero nunca en el trabajo. El arte por el arte, el placer por el placer. Se folla siempre mejor con alguien que no te cobra al terminar.
El trabajo te convierte en la contraportada del sistema, en el mecanismo en el que este se apoya para seguir funcionando, el trabajo es la siniestra y cruel artimaña por la cual el organismo que es, de hecho, nuestro parásito, se las apaña para dar la vuelta a la tortilla y convencernos de que somos nosotros los que vivimos de él, y lo exprimimos. No hay simbiosis en esa relación, hay sangre, sudor y esfuerzo, hay mentira y manipulación, hay espejismos y derrota, porque el trabajo es el fracaso del hombre y del arte, es el derrumbamiento de la filosofía, el cataclismo del placer. El trabajo es el demonio que todos llevamos dentro, ese íncubo cuyo objetivo es destruirnos como seres libres y reducirnos a robots, a esclavos, a alimento de las máquinas, como en Matrix. La filosofía del Ora et Labora, el concepto luterano- calvinista del trabajo, el ganarás el pan con el sudor de tu frente, han creado un mundo como el que tenemos hoy en día. ¿no va siendo hora ya de que cambiemos el chip?
Antonio López del Moral Domínguez
- ¡Nunca he hecho otra cosa que trabajar!
¿Trabajar? Flaubert escribía veinte horas diarias, pero, ¿trabajaba? Picasso agarraba el pincel después de hacer el amor (no, no me refiero a ese pincel), y pasaba la petite morte entre la inspiración y el esfuerzo artístico, que no tiene nada que ver con el trabajo. Decía Flaubert que la inspiración existe, pero tiene que llegar trabajando. ¿Trabajar? ¿Trabaja Nacho Vidal, por continuar en la onda de los grandes artistas? ¿Celia Blanco? Y no quiero entrar en el controvertido tema de la música, porque capaces son Ramoncín y Bautista de partirme la cara (¿se consideraría trabajo dar una paliza por dinero a alguien que te cae mal?).
El trabajo es una maldición bíblica, al mismo nivel de la de “parirás a tus hijos con dolor”. Yo creo que la primera obligación del ser humano no es, como decía Marx, hacerse con el control de los medios de producción para llegar a la emancipación, sino que la emancipación llega en el momento en que interiorizas que el trabajo no es lo que siempre habías pensado, que no sólo no te hace más persona, sino que en realidad te aliena, te allana, te lima y encima te estropea el cutis y las manos. La emancipación llega cuando comprendes que tu obligación como ser humano es vivir sin pegar ni chapa, aunque el derecho a la pereza (Le droit à la paresse) ya lo defendía Paul Lafargue, yerno del propio Marx. Recuerdo una escena en contraposición a lo anterior: una mujer joven se acercó en una tienda de ropa a una señora, convencida de que se conocían, pero la señora no daba muestras de saber quién era, y entonces la chica insinuó que quizá habían coincidido en algún trabajo. La señora se escandalizó.
- ¡Por favor! –dijo- Yo no he trabajado en mi vida.
Al margen de la connotación clasista de la respuesta, que la tiene, lo cierto es que esa actitud de desdén hacia el trabajo la comparten aristócratas y vagabundos, que más o menos viene a ser lo mismo. Tengo dos amigos, hermanos gemelos, dignos de una película de Lars Von Triers que con 40 años, tampoco han trabajado nunca, y no es que sean ricos, ni muchísimo menos, es que desde el principio interiorizaron la mentira del sistema, y se niegan a participar. Se limitan a vivir. Viven. No frecuentan restaurantes, ni tiendas, ni museos, no leen periódicos ni utilizan internet. No me pregunten de dónde sacan para comer, vestir y pagarse sus vicios. Lo ignoro. Probablemente ellos tampoco lo sepan, ni les preocupe, y por eso han sido capaces de mantenerse a flote. No ven la realidad desde los planteamientos convencionales, es decir, no han creído nunca en la necesidad de trabajar. Estos hermanos aparecerán en alguna novela mía, pero ahora me interesa hablar del equilibrio, ese equilibrio en el que es difícil mantenerse, porque sólo un peldaño más abajo está la indigencia. Yo creo que sí es posible instalarse en la acracia, el descreimiento y la actitud diogenésica, yo creo que en el momento en el que comenzamos a dudar, en el momento en que nos planteamos que quizá sea necesario ese trabajo, entramos en la rueda, y quedamos atrapados en el sistema, como moscas incapaces de entender que son ellas mismas las que tejen la red con sus pensamientos (por supuesto, hablo desde un planteamiento individualista. Que no me crucifiquen los mileuristas obligados a trabajar para mantener a una extensa prole o pagar deudas).
En mi colegio, los Maristas de Chamberí, nos inculcaban desde niños la idea del trabajo, y nos contaban para ello, entre otras infinitas parábolas, la de tres obreros colocando ladrillos. A los tres les preguntan qué hacen, y uno de ellos responde: “yo, ganarme el pan”. Otro: “estoy colocando estos ladrillos de forma armoniosa”. Y el tercero en discordia apostilla: “yo, construyo una hermosa catedral”. ¡Qué bonito y qué aleccionador! Es que los curas lo simbólico lo tienen muy estudiado. Luego todo se queda en símbolos, ya digo, porque contrariamente a lo que preconiza esa parábola, el trabajo, para ser considerado como tal, debe caracterizarse por la alienación del trabajador, o, dicho de otra manera, que el currante tiene que acabar de pringar hasta el escroto. Les pongo un ejemplo: los curas que desempeñan su oficio de forma mecánica, leyendo el pasaje correspondiente de la Biblia en la homilía, dando de comulgar con mano blanda y dormitando en el confesionario con el alzacuellos manchado de saliva, hacen carrera en la curia, pero los que se toman su labor en serio y construyen hermosas catedrales, y se entregan completamente, como Enrique de Castro, son considerados subversivos, peligrosos, teólogos de la liberación, rogelios sin futuro en la iglesia, y al final les chapan el chiringuito. O sea, que, paradójicamente, si quieres llegar a algo en alguna actividad, es mejor que esta nunca llegue a ser tu trabajo, porque siempre habrá quien dude de tus motivos.
Estoy pensando ahora mismo en la iniciativa colectiva del Linux en la informática, un sistema desarrollado por millones de usuarios que trabajan colaborativamente y sin cobrar, y que han conseguido que dicho programa sea mucho más eficaz y seguro que el Windows (aunque eso tampoco es muy difícil). O en las organizaciones espontáneas de gente que desprecia los partidos políticos y las ONGs, y que luchan por reivindicaciones sociales o ecologistas sin ponerse siglas. La profesionalización lleva implícito el germen de la corrupción. El amateurismo es la mejor garantía de excelencia. Da lo mejor de ti mismo, pero nunca en el trabajo. El arte por el arte, el placer por el placer. Se folla siempre mejor con alguien que no te cobra al terminar.
El trabajo te convierte en la contraportada del sistema, en el mecanismo en el que este se apoya para seguir funcionando, el trabajo es la siniestra y cruel artimaña por la cual el organismo que es, de hecho, nuestro parásito, se las apaña para dar la vuelta a la tortilla y convencernos de que somos nosotros los que vivimos de él, y lo exprimimos. No hay simbiosis en esa relación, hay sangre, sudor y esfuerzo, hay mentira y manipulación, hay espejismos y derrota, porque el trabajo es el fracaso del hombre y del arte, es el derrumbamiento de la filosofía, el cataclismo del placer. El trabajo es el demonio que todos llevamos dentro, ese íncubo cuyo objetivo es destruirnos como seres libres y reducirnos a robots, a esclavos, a alimento de las máquinas, como en Matrix. La filosofía del Ora et Labora, el concepto luterano- calvinista del trabajo, el ganarás el pan con el sudor de tu frente, han creado un mundo como el que tenemos hoy en día. ¿no va siendo hora ya de que cambiemos el chip?
Antonio López del Moral Domínguez
Publicación de mi próxima novela
antonioldm - 2006-06-06 10:00:00
Os adjunto un link con la noticia de la publicación de mi próxima novela. Para los que estéis interesados, avisaré con tiempo del día, hora y lugar de la presentación en Madrid. Un saludo a todos.
http://edicionexclusiva.blogspot.com/2006/06/el-erotismo-de-cuando-fuimos-agua-de.html
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