Diario de Ciro.
Ciro has no choosen an slogan for this blog yet.
Se acabó.
Ciro - 2010-03-27 18:40:43
Me voy y me sabe mal no volver. Estuvo bien mientras estuve, y supongo que lo seguirá estando. Pero el cambio de la página, el nuevo aire de artículos y comentarios, los tipos interesantes que ya no parecen haber vuelto nunca por aquí... y que hay que saber pasar página en muchas cosas de nuestra vida.
La defensa de las naciones emergentes, la denuncia de las mentiras de los media o los abusos del imperio en todas sus formas no deben cesar. Pero tal como se hacen en este lugar me han ido disgustando. Es como esos amigos que defienden nuestras posiciones con malos argumentos. Me he ido hartando poco a poco hasta llegar estar tan harto que más vale que no publique nada más aquí.
Y si a pesar del agradecimiento que tengo por los contactos, lecturas y comentarios en librexpresión y por haberme dado la sensación de poder escribir para gente que piensa más o menos como yo, digo que me voy es para obigarme a no volver, ni como Ciro ni con un nuevo apodo ni con niguno de los anteriores. Porque demasiadas veces he pensado en irme y lo he dejado para más tarde.
Un abrazo.
Ciro.
La defensa de las naciones emergentes, la denuncia de las mentiras de los media o los abusos del imperio en todas sus formas no deben cesar. Pero tal como se hacen en este lugar me han ido disgustando. Es como esos amigos que defienden nuestras posiciones con malos argumentos. Me he ido hartando poco a poco hasta llegar estar tan harto que más vale que no publique nada más aquí.
Y si a pesar del agradecimiento que tengo por los contactos, lecturas y comentarios en librexpresión y por haberme dado la sensación de poder escribir para gente que piensa más o menos como yo, digo que me voy es para obigarme a no volver, ni como Ciro ni con un nuevo apodo ni con niguno de los anteriores. Porque demasiadas veces he pensado en irme y lo he dejado para más tarde.
Un abrazo.
Ciro.
Un discreto término medio.
Ciro - 2010-03-26 11:44:23
Eso de poner a la gente a parir es una sucia manía. El subidón del insulto y la calumnia, el no hablar todo lo bien que pudimos del ausente, calientan los foros, alimentan el fuego del discurso y permiten que la palabras nos enciendan, como esos debates en el que más que destozarse los contendientes destrozan a los alrededores y se quedan en nada, o como diría Qotelet, en vanidad y apacentarse de viento.
Recuerdo a un querido amigo que después de exponerme los intrincados caminos de la angustia de castración y las diferentes vías y modos por los que uno accede desde la reacción a la neurosis, al ver que en la plaza que ejerce su trabajo como psiquiatra estaba todavía levantada, y con aire de seguir estándolo durante mucho tiempo todavía, abandonando toda su pedagogía se lanzó al mitin para proferir un ”¡estamos en manos de incompetentes!” digno del final de fiesta de una discusión de bar.
Para acceder a uno de esos paraísos que sólo él sabía, había propuesto Wittgenstein dejar por una temporada a su yo exterior inmolestado. Pero él era uno monstruo de la agitación interior, a nosotros nos basta las más de las veces con comprender que entre la injusticia de insultar al prójimo y la indignidad de sonreírle hay un discreto término medio: mirar para otro lado.
Estos días en que a los los meros ateos nos cuesta especialmente inhibirnos de lo que hagan, digan o piensen los creyentes, como si, sin la necesidad de la existencia, la sola idea de un Dios bueno y providente no fuese maligna y venenosa para todos, como si tal imagen no fuese un sangriento sarcasmo hacia este valle de lágrimas, una perversidad, un insulto, o incluso, ¿por qué no? una feroz blasfemia contra los mortales.
El no sentirse insultado por su condescendencia hacia nosotros cuesta un poco más que de costumbre. No queremos ofendernos, eso de creer que el loro no sabe lo que dice cuando nos insulta es no quererse ofender, porque el loro nos mira cuando nos insulta.
Los griegos dieron el nombre de hybris a la impiedad, soberbia o falta de respeto de los hombres por los dioses. Tanto Prometeo como Dédalo, como todos los inventores que ha habido o está habiendo parecen haber insultado a algún dios. Hoy parece difícil faltarle a algún dios todavía.
Quizá la mejor respuesta sea cual fuere nuestro grado de piedad, sea la burla y la irrisión, como quizás hubieran hecho los mismo griegos. Después de todo ¿de quién es la inteligencia que se insulta cuando se limita el debate a la comunicación unilateral? ¿No es eso suficiente insulto?
Recuerdo a un querido amigo que después de exponerme los intrincados caminos de la angustia de castración y las diferentes vías y modos por los que uno accede desde la reacción a la neurosis, al ver que en la plaza que ejerce su trabajo como psiquiatra estaba todavía levantada, y con aire de seguir estándolo durante mucho tiempo todavía, abandonando toda su pedagogía se lanzó al mitin para proferir un ”¡estamos en manos de incompetentes!” digno del final de fiesta de una discusión de bar.
Para acceder a uno de esos paraísos que sólo él sabía, había propuesto Wittgenstein dejar por una temporada a su yo exterior inmolestado. Pero él era uno monstruo de la agitación interior, a nosotros nos basta las más de las veces con comprender que entre la injusticia de insultar al prójimo y la indignidad de sonreírle hay un discreto término medio: mirar para otro lado.
Estos días en que a los los meros ateos nos cuesta especialmente inhibirnos de lo que hagan, digan o piensen los creyentes, como si, sin la necesidad de la existencia, la sola idea de un Dios bueno y providente no fuese maligna y venenosa para todos, como si tal imagen no fuese un sangriento sarcasmo hacia este valle de lágrimas, una perversidad, un insulto, o incluso, ¿por qué no? una feroz blasfemia contra los mortales.
El no sentirse insultado por su condescendencia hacia nosotros cuesta un poco más que de costumbre. No queremos ofendernos, eso de creer que el loro no sabe lo que dice cuando nos insulta es no quererse ofender, porque el loro nos mira cuando nos insulta.
Los griegos dieron el nombre de hybris a la impiedad, soberbia o falta de respeto de los hombres por los dioses. Tanto Prometeo como Dédalo, como todos los inventores que ha habido o está habiendo parecen haber insultado a algún dios. Hoy parece difícil faltarle a algún dios todavía.
Quizá la mejor respuesta sea cual fuere nuestro grado de piedad, sea la burla y la irrisión, como quizás hubieran hecho los mismo griegos. Después de todo ¿de quién es la inteligencia que se insulta cuando se limita el debate a la comunicación unilateral? ¿No es eso suficiente insulto?
El lado oscuro del imperio.
Ciro - 2010-03-24 17:53:50
Con tanto tiempo posible sin trabajar por delante parece que el cultivarse es el destino. Las palabras del final del Candide en el sentido de que debemos cultivar nuestro jardín vienen a ser la apoteosis del optimismo.
Existe un optimismo como fuerza y otro como debilidad, uno que infunde esperanza y otro que lo deja todo reducido a la esperanza que es capaz de infundir. Esto está más claro con el pesimismo, existe un pesimismo que se puede entender como fuerza, que tiende a desarticular, a deshacer fibra a fibra, a descomponer lo que “es” y a mostrar las cosas como son. Con la intención de mostrar las razones por las cuales lo que es es como es. Y existe un pesimismo que se vive como decadencia y que no ve a su alrededor más que lo siniestro, el pesimismo de la debilidad quiere “comprenderlo” todo, “explicarlo” todo.
El envejecimiento del organismo está caracterizado por la explotación parasitaria de los elementos "nobles", es decir especializados del cuerpo humano, por el tejido conjuntivo y los fagocitos, es decir las células "bárbaras", las menos especializadas, las más elementales, luego las más "vivaces". Esta verdadera revuelta de la plebe fagocítica y conjuntiva contra las células "refinadas" lleva a la decadencia y a la muerte.
La decadencia misma no es cosa que se tenga que combatir; es absolutamente necesaria y propia de toda época, de todo pueblo. Lo que hay que combatir con todas nuestras fuerzas es la importancia del contagio a las partes sanas del organismo.
Toda la fuerza del terror, el lado oscuro del imperio, radica en nuestra debilidad, en la incapacidad de nuestra sociedad para superar la conciencia pasiva y para producir una forma de conciencia en acción. El uso que imperialistas y terroristas hacen de los medios de comunicación, el éxito que tienen usándolos, ha sido posible por una sociedad que ha organizado durante siglos, su propio colectivo imaginario alrededor de su miedo a la muerte y su alejamiento, así como alrededor de la complementariedad de la transgresión y de la prohibición. Es la alargada sombra de los predicadores, que ayudaron a difundir en forma de buen gusto, de sentido común, un pensamiento flácido, obsesivamente modesto, que hace de su eminente debilidad un estandarte, de la incertidumbre su última palabra y del minimalismo todo su programa; en suma, de un pensamiento cuyo extremo relativismo lleva a una parálisis generalizada. No se puede abandonar las filas de los asesinos sin salir de casa. ¡La revolución del pensar!, sólo pensarlo, apesta.
Existe un optimismo como fuerza y otro como debilidad, uno que infunde esperanza y otro que lo deja todo reducido a la esperanza que es capaz de infundir. Esto está más claro con el pesimismo, existe un pesimismo que se puede entender como fuerza, que tiende a desarticular, a deshacer fibra a fibra, a descomponer lo que “es” y a mostrar las cosas como son. Con la intención de mostrar las razones por las cuales lo que es es como es. Y existe un pesimismo que se vive como decadencia y que no ve a su alrededor más que lo siniestro, el pesimismo de la debilidad quiere “comprenderlo” todo, “explicarlo” todo.
El envejecimiento del organismo está caracterizado por la explotación parasitaria de los elementos "nobles", es decir especializados del cuerpo humano, por el tejido conjuntivo y los fagocitos, es decir las células "bárbaras", las menos especializadas, las más elementales, luego las más "vivaces". Esta verdadera revuelta de la plebe fagocítica y conjuntiva contra las células "refinadas" lleva a la decadencia y a la muerte.
La decadencia misma no es cosa que se tenga que combatir; es absolutamente necesaria y propia de toda época, de todo pueblo. Lo que hay que combatir con todas nuestras fuerzas es la importancia del contagio a las partes sanas del organismo.
Toda la fuerza del terror, el lado oscuro del imperio, radica en nuestra debilidad, en la incapacidad de nuestra sociedad para superar la conciencia pasiva y para producir una forma de conciencia en acción. El uso que imperialistas y terroristas hacen de los medios de comunicación, el éxito que tienen usándolos, ha sido posible por una sociedad que ha organizado durante siglos, su propio colectivo imaginario alrededor de su miedo a la muerte y su alejamiento, así como alrededor de la complementariedad de la transgresión y de la prohibición. Es la alargada sombra de los predicadores, que ayudaron a difundir en forma de buen gusto, de sentido común, un pensamiento flácido, obsesivamente modesto, que hace de su eminente debilidad un estandarte, de la incertidumbre su última palabra y del minimalismo todo su programa; en suma, de un pensamiento cuyo extremo relativismo lleva a una parálisis generalizada. No se puede abandonar las filas de los asesinos sin salir de casa. ¡La revolución del pensar!, sólo pensarlo, apesta.
Una creciente enervación.
Ciro - 2010-03-22 19:56:22
En las tribus de antes para matar a alguien bastaba hacer como si no existiera. Las nuevas neuronas y las nuevas personas o se conectan en redes o se mueren. Vivimos en ellas, la conciencia de ellas emerge, estamos en ellas, somos ellas. Redes neuronales y sociales convergen en el organismo.
El organismo restringe la creatividad de sus unidades componentes, ya que estas existen para el organismo. El sistema social humano amplifica la creatividad individual de sus componentes, puesto que existe para esos componentes. Precisamente porque el individuo es la clave de la vida y la muerte, el punto de inflexión de la evolución, porque la sociedad de las personas y las corrientes neuronales “funcionan” para que el individuo sea más vida, cada uno debe averiguar qué significa ser más que vida.
La mejora del mundo que no consiste en una mejora de uno mismo entendido como red adentro y red afuera es un camelo. La cuestión entonces es delimitar las fronteras y definir cuales son las partes que hay que defender a toda costa. Si, en suma, hay algo por lo que se puede morir.
Hace falta poder pensar en ello, y para ello hace falta tiempo de silencio. El ruido corta, hacer ruido es romper una transmisión, desconectar, matar. Para pensar hay que hacerlo haciendo que los circuitos entren en resonancia, para que aflore alguna recurrencia, algún elemento ordenador capaz de conectar entre sí series que en si mismas no guardan relación alguna. Un elemento tal se convierte en herramienta, en concepto. La transición de la libre asociación o "soñar" al "pensar" viene caracterizada por el papel más o menos conectado que en ello desempeñe el "concepto".
Jung introdujo la idea de buscar el significado (o quizá podríamos decir el propósito). Es decir, en vez e preguntar por qué sucedió algo (es decir, qué lo causó) Jung pregunta ": ¿Para qué sucedió?. Esta misma tendencia aparece en la física: muchos físicos modernos buscan ahora más las "conexiones" en la naturaleza que las leyes causales.
Al magisterio de las distancias, al arte infinitamente variado de establecerlas y defenderlas hoy sucede el de hacerlo con las conexiones.
Aunque las estrategias terapéuticas futuras pudieran basarse en la comprensión de los fallos en la red inmunológica de la red y pretendieran estimular su conectividad, puede que Caronte aguarde en forma de una electrocución mundial de mano de una creciente enervación, habida cuenta que la interconexión no para de acentuarse.
El organismo restringe la creatividad de sus unidades componentes, ya que estas existen para el organismo. El sistema social humano amplifica la creatividad individual de sus componentes, puesto que existe para esos componentes. Precisamente porque el individuo es la clave de la vida y la muerte, el punto de inflexión de la evolución, porque la sociedad de las personas y las corrientes neuronales “funcionan” para que el individuo sea más vida, cada uno debe averiguar qué significa ser más que vida.
La mejora del mundo que no consiste en una mejora de uno mismo entendido como red adentro y red afuera es un camelo. La cuestión entonces es delimitar las fronteras y definir cuales son las partes que hay que defender a toda costa. Si, en suma, hay algo por lo que se puede morir.
Hace falta poder pensar en ello, y para ello hace falta tiempo de silencio. El ruido corta, hacer ruido es romper una transmisión, desconectar, matar. Para pensar hay que hacerlo haciendo que los circuitos entren en resonancia, para que aflore alguna recurrencia, algún elemento ordenador capaz de conectar entre sí series que en si mismas no guardan relación alguna. Un elemento tal se convierte en herramienta, en concepto. La transición de la libre asociación o "soñar" al "pensar" viene caracterizada por el papel más o menos conectado que en ello desempeñe el "concepto".
Jung introdujo la idea de buscar el significado (o quizá podríamos decir el propósito). Es decir, en vez e preguntar por qué sucedió algo (es decir, qué lo causó) Jung pregunta ": ¿Para qué sucedió?. Esta misma tendencia aparece en la física: muchos físicos modernos buscan ahora más las "conexiones" en la naturaleza que las leyes causales.
Al magisterio de las distancias, al arte infinitamente variado de establecerlas y defenderlas hoy sucede el de hacerlo con las conexiones.
Aunque las estrategias terapéuticas futuras pudieran basarse en la comprensión de los fallos en la red inmunológica de la red y pretendieran estimular su conectividad, puede que Caronte aguarde en forma de una electrocución mundial de mano de una creciente enervación, habida cuenta que la interconexión no para de acentuarse.
Envejecer sin organización.
Ciro - 2010-03-22 12:11:56
No queremos a nuestros niños, estamos envejeciendo sin organización. No queremos más a los niños “teniendo” más niños, no diciéndoles que “no” a los niños. Mal se lo ponemos a los que deben seguirnos cuando los que sigan van a ser más, les queremos dejando de más de todo. Hemos iniciado con ellos un proceso de separación equivalente a esos procesos maritales mediante los cuales los miembros de una pareja pueden estar "cada vez más íntimamente separados".
La generalización del carpe diem, de las cosas a corto plazo, de la actitud de Peter Pan de los padres, de “hasta el fin de la legislatura”, degrada la función parental o incluso la convierte en indistinguible del paternalismo. Somos respuestas para preguntas que nadie ha formulado. Soltamos las batallitas de siempre sin haber sido nunca ni padres ni abuelos.
Del rigor del escepticismo pasamos a la indiferencia del que prefiere no enterarse de nada, al abandono del que no se hace cuestión de nada o al cinismo del deprimido, tan ricamente. El escepticismo se inserta mal en el tiempo, si no se convierte en una forma de amor, de amor a la sabiduría, se escapa hacia fuera o hacia adentro. El estoico tiene por destino la resistencia y el frente de batalla de la realidad; el cínico, el indiferente, el deprimido, ruidos, tristezas y cambios de dieta.
Cada vez menos cosas en la cabeza quiere decir cada vez más en las piernas, y viceversa. Necesitamos movernos más que nunca y nunca ha sido tan caro en gasto en movilidad como ahora, porque los vendedores nos reducen la cabeza. El espíritu tiende a concentrarse, la energía tiende a difundirse. Y viceversa, es decir: si todo el mundo está pasándoselo tan bien el atractivo de la puerta de atrás crece.
Nietzsche dice que el hombre corriente es un furioso espectador del pasado, y que le falta el poder para "desear hacia atrás". De hacer de todo “fue” un “así lo quise”. En los malos recuerdos, en la incapacidad para segregar agradecimiento está la clave del envejecer mal. De hecho la mala vejez consiste en un deterioro de la memoria. Por ejemplo el Alzheimer es en realidad como una niebla insidiosa, apenas perceptible hasta que todo lo que tienes alrededor desaparece por completo. Después de eso ya no es posible creer que exista un mundo fuera de la niebla. Antes parecía que no había que hacer nada, y ahora que no hay nada que hacer. Kafavis lo dejó escrito en algún sitio: “Sin miramiento, sin pudor, sin lastima/ altas y sólidas murallas me han levantado en torno./ Y ahora, heme aquí, quieto y desesperándome./ No pienso en otra cosa: este destino me devora el alma;/ porque yo muchas cosas tenía que hacer fuera/ ¡Ay, cuando levantaban las murallas, como no me di cuenta!/ Pero nunca oí ruido ni voces de albañiles./ Desde el mundo exterior - y sin yo percibirlo - me encerraron”. El mundo exterior del poeta es el tiempo que no desemboca. Que no perdona.
En ese Pórtico llamado Instante (y que es el kairós , o tiempo oportuno, en el que el hombre descubre su propia naturaleza y condición fronteriza y hermenéutica) no se cruzan sólo dos infinitos, uno hacia atrás y otro hacia delante; se cruzan tres eternidades: el pasado inmemorial, el presente eterno y el futuro escatológico; padre, hijo y espíritu santo; memoria, entendimiento y voluntad.
Cuando no encontramos el momento oportuno para seguir, para dormir o para despertarse, siempre queda la fantasía, pero la fantasía es autista, en el mejor de los casos es órgano para otros mundos, y por eso incapaz para producir obligación alguna. No recuerda qué ayudó a dejar atrás, ni ofrece indicación alguna de cómo convocarlo de nuevo ante ella. De ella sólo hay salidas involuntarias, ni siquiera dominadas por el impulso. La fantasía es, simple y decepcionantemente, envejecer sin organización. Cuanto se da en ella de “experiencia de vida” es simular el punto culminante de la juventud y caer ante el discernimiento como retorno de lo mismo. Ese entender la imaginación como no atenerse a lo esencial es lo que llevó a Spinoza a considerar la imaginación como una “confusión de los sentidos”. Dejarse llevar, acompañar o transformar por las fantasías no suele llevar a nada bueno. ¿Y si el secreto de la “sociedad industrial” hubiera que haberlo buscado en la actualización permanente de fantasías de penuria para la “amplia clase media”? ¿Y si la represión decisiva de nuestra época informacional se refiriera en realidad a nuestro propio bienestar y al de nuestros hijos? El poder de la jerarquía de la miseria material y mental nunca será denunciado con la determinación que precisamos.
Si un artista intenta hacerme sentir la suavidad de un crepúsculo, otro me cuenta sus sueños, y un tercero hace películas de una fantasía encantadora, está bien y no les pido más. Recibo sus dones con agradecimiento. Pero no me engaño sobre su valor ni sobre su importancia. Pero si un autor, desdeñando agradar al amante de los poemas o de los sueños y pretende interesar en mía al hombre o incluso transformarlo, como algunos no ocultan que pretenden, hay que ponerse en guardia, y disponerse a resistir y a pedir cuentas.
De hecho la mayor parte de los hombres, independientemente de lo que pensemos y digamos de nuestro "egoísmo", no hacemos nada a lo largo de su vida por su ego, sino solo por el fantasma de su ego que ha llegado a formarse en la cabeza de quienes les rodean. No tenemos fuerza, tiempo ni ocasión para ser malos, malos de verdad, porque vivimos en una especie de nube de opiniones impersonales y semipersonales. Pasamos del niño que fuimos como del que serán los demás, suponemos que los malos rollos son los resultados de fantasías infantiles inventadas, no datos incontestables de hechos reales registrados por la memoria. Inventamos la realidad que más conviene a cada instante. La diferencia entre lo que pasó y lo que hemos acabado creyendo que pasó es irrelevante.
La generalización del carpe diem, de las cosas a corto plazo, de la actitud de Peter Pan de los padres, de “hasta el fin de la legislatura”, degrada la función parental o incluso la convierte en indistinguible del paternalismo. Somos respuestas para preguntas que nadie ha formulado. Soltamos las batallitas de siempre sin haber sido nunca ni padres ni abuelos.
Del rigor del escepticismo pasamos a la indiferencia del que prefiere no enterarse de nada, al abandono del que no se hace cuestión de nada o al cinismo del deprimido, tan ricamente. El escepticismo se inserta mal en el tiempo, si no se convierte en una forma de amor, de amor a la sabiduría, se escapa hacia fuera o hacia adentro. El estoico tiene por destino la resistencia y el frente de batalla de la realidad; el cínico, el indiferente, el deprimido, ruidos, tristezas y cambios de dieta.
Cada vez menos cosas en la cabeza quiere decir cada vez más en las piernas, y viceversa. Necesitamos movernos más que nunca y nunca ha sido tan caro en gasto en movilidad como ahora, porque los vendedores nos reducen la cabeza. El espíritu tiende a concentrarse, la energía tiende a difundirse. Y viceversa, es decir: si todo el mundo está pasándoselo tan bien el atractivo de la puerta de atrás crece.
Nietzsche dice que el hombre corriente es un furioso espectador del pasado, y que le falta el poder para "desear hacia atrás". De hacer de todo “fue” un “así lo quise”. En los malos recuerdos, en la incapacidad para segregar agradecimiento está la clave del envejecer mal. De hecho la mala vejez consiste en un deterioro de la memoria. Por ejemplo el Alzheimer es en realidad como una niebla insidiosa, apenas perceptible hasta que todo lo que tienes alrededor desaparece por completo. Después de eso ya no es posible creer que exista un mundo fuera de la niebla. Antes parecía que no había que hacer nada, y ahora que no hay nada que hacer. Kafavis lo dejó escrito en algún sitio: “Sin miramiento, sin pudor, sin lastima/ altas y sólidas murallas me han levantado en torno./ Y ahora, heme aquí, quieto y desesperándome./ No pienso en otra cosa: este destino me devora el alma;/ porque yo muchas cosas tenía que hacer fuera/ ¡Ay, cuando levantaban las murallas, como no me di cuenta!/ Pero nunca oí ruido ni voces de albañiles./ Desde el mundo exterior - y sin yo percibirlo - me encerraron”. El mundo exterior del poeta es el tiempo que no desemboca. Que no perdona.
En ese Pórtico llamado Instante (y que es el kairós , o tiempo oportuno, en el que el hombre descubre su propia naturaleza y condición fronteriza y hermenéutica) no se cruzan sólo dos infinitos, uno hacia atrás y otro hacia delante; se cruzan tres eternidades: el pasado inmemorial, el presente eterno y el futuro escatológico; padre, hijo y espíritu santo; memoria, entendimiento y voluntad.
Cuando no encontramos el momento oportuno para seguir, para dormir o para despertarse, siempre queda la fantasía, pero la fantasía es autista, en el mejor de los casos es órgano para otros mundos, y por eso incapaz para producir obligación alguna. No recuerda qué ayudó a dejar atrás, ni ofrece indicación alguna de cómo convocarlo de nuevo ante ella. De ella sólo hay salidas involuntarias, ni siquiera dominadas por el impulso. La fantasía es, simple y decepcionantemente, envejecer sin organización. Cuanto se da en ella de “experiencia de vida” es simular el punto culminante de la juventud y caer ante el discernimiento como retorno de lo mismo. Ese entender la imaginación como no atenerse a lo esencial es lo que llevó a Spinoza a considerar la imaginación como una “confusión de los sentidos”. Dejarse llevar, acompañar o transformar por las fantasías no suele llevar a nada bueno. ¿Y si el secreto de la “sociedad industrial” hubiera que haberlo buscado en la actualización permanente de fantasías de penuria para la “amplia clase media”? ¿Y si la represión decisiva de nuestra época informacional se refiriera en realidad a nuestro propio bienestar y al de nuestros hijos? El poder de la jerarquía de la miseria material y mental nunca será denunciado con la determinación que precisamos.
Si un artista intenta hacerme sentir la suavidad de un crepúsculo, otro me cuenta sus sueños, y un tercero hace películas de una fantasía encantadora, está bien y no les pido más. Recibo sus dones con agradecimiento. Pero no me engaño sobre su valor ni sobre su importancia. Pero si un autor, desdeñando agradar al amante de los poemas o de los sueños y pretende interesar en mía al hombre o incluso transformarlo, como algunos no ocultan que pretenden, hay que ponerse en guardia, y disponerse a resistir y a pedir cuentas.
De hecho la mayor parte de los hombres, independientemente de lo que pensemos y digamos de nuestro "egoísmo", no hacemos nada a lo largo de su vida por su ego, sino solo por el fantasma de su ego que ha llegado a formarse en la cabeza de quienes les rodean. No tenemos fuerza, tiempo ni ocasión para ser malos, malos de verdad, porque vivimos en una especie de nube de opiniones impersonales y semipersonales. Pasamos del niño que fuimos como del que serán los demás, suponemos que los malos rollos son los resultados de fantasías infantiles inventadas, no datos incontestables de hechos reales registrados por la memoria. Inventamos la realidad que más conviene a cada instante. La diferencia entre lo que pasó y lo que hemos acabado creyendo que pasó es irrelevante.

