CAPÍTULO I: LA SOBERANÍA ES INALIENABLE
Afirmo, pues, que no siendo la soberanía sino el ejercicio de la voluntad general, jamás deberá enajenarse, y que el soberano, que es un ente colectivo, sólo puede estar representado por sí mismo: el poder bien puede transmitirse, pero la voluntad no.
En efecto, si bien no es imposible que una voluntad particular convenga en algun punto con la voluntad general, lo es a lo menos que esta conformidad sea duradera y constante; pues la voluntad particular se inclina por su naturaleza a los privilegios y la voluntad general a la igualdad. Más difícil aún es tener una garantía de esta conformidad, aun cuando hubiese de durar siempre; ni sería ésto un efecto del arte, sino de la casualidad. Bien puede decir el Soberano: "actualmente quiero lo que tal hombre quiere, o al menos lo que dice querer"; pero no puede decir: "lo que este hombre querrá mañana, yo tambien lo querré": pues es muy absurdo que la voluntad se esclavice para lo venidero y no depende de ninguna voluntad el consentir en alguna cosa contraria al bien del mismo ser que quiere. Luego si el pueblo promete simplemente obedecer, por este mismo acto se disuelve y pierde su calidad de pueblo; apenas hay un señor, ya no hay soberano, y desde luego se halla destruido el cuerpo político.
No es esto decir que las órdenes de los jefes no puedan pasar por voluntades generales mientras que el soberano, libre de oponerse á ellas, no lo hace. En este caso el silencio general hace presumir el consentimiento del pueblo. Pero esto ya se explicará con mayor detencion.
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