Cicatrices y heridas.


Hay heridas que mejor que sigan abiertas. Algunas cicatrices son muy malas, por algunas cicatrices se muere uno. El día que entendamos los misterios de la cicatriz entenderemos el misterio de la vida interminable. La microglía, por ejemplo, al cicatrizar los pequeños desórdenes neuronales suele acabar con las neuronas del entorno. El sistema inmunitario, queriendo acabar con las moléculas extrañas acaba con las propias en las enfermedades autoinmunes, como el reumatismo que amarga los últimos días de la mitad de nuestros mayores.

Cuando se corta la pata de una rata no sale otra pata. En el caso de la salamandra sí. Seguido de cerca el proceso vemos como la llegada desordenada de macrófagos apaga la memoria de las células del tejido escindido que en su genoma llevan también los planos de una nueva pata como la que consiguieron hacer durante el desarrollo fetal. En el caso del reptil la cicatriz es mejor, de hecho no hay cicatriz, es una nueva pata. Los hombres mantenemos esa capacidad en la yema del dedo, y sólo según haya sido el tajo.

Cuando una herida sigue un curso tórpido se asiste a lo que se llama una cicatrización por segunda intención. Es como si el cuerpo no pudiendo arreglar las cosas de una manera lo hiciera de otra. Las metáforas que usan los científicos no son en vano. Como buenos poetas y matemáticos que su trabajo les obliga a ser el dar con un buen algoritmo es clave para comprender, generalizar y comunicar. Para mantener caliente la superficie de contacto con la realidad, la interfaz, hay que guardarse de ciertas cicatrices.

Detrás de cada proceso de cicatrización se esconde una mutilación, una tara. Estética casi siempre y en dolorosas ocasiones funcional. La misma falta de función condena a la mala cura, dice un poeta que a veces:
... sintiendo de repente
la incomunicación
igual que el aletazo de un murciélago
con su golpe de trapo
y su asco parcelado sobre el rostro
donde el labio que calla va convirtiéndose en cicatriz.

Uno puede poner cicatrices sobre los ojos, la nariz, las orejas o incluso el culo. Puede hacerlo también sobre sus manos de acariciar y sus pies de cambiar de lugar. Y eso no siempre es bueno porque el cierre de muchas heridas condena al olvido, y olvidar cuando sirve para que te vuelvan a dar no tiene gracia. “Caute”, vigila, tenía escrito Spinoza delante de sí, y nunca quiso que le cosieran una zamarra agujereada por un cuchillo en un intento de agresión.

En ciertas heridas, como las producidas por la guerra uno debe estar hurgando siempre para evitar que cicatricen, porque no nos engañemos, la guerra no se ha terminado. Es el verdugo el que no quiere que se hable del crimen, es el ganador el que no quiere renegociar los términos del tratado de paz, no es el patrono el que ofrece aumento de salario, ni el hombre el que pretende un reparto equitativo de las tareas del hogar.

La gente espiritual mantiene abiertas siempre ciertas heridas porque a través de ellas respira. Le dijo a la santa su poeta:

“Herida vais del serafín Teresa...
... corres al agua cierva blanca y parda...”

En otra ocasión y pensando en su alma dice:

“¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido”.

No sé qué estaba pensando como herida, pero otro místico,
Ficino, repite el voto de no dejarse complementar por nadie más que por Dios mismo. El lema de la primera erotología de la Edad Moderna hubieran podido ser estas palabras de Kafka: “Vine al mundo con una bella herida; ése fue mi único ajuar”.

Para Wittgenstein un problema no puede ser indicado ni resuelto con indicaciones. Uno lo que se trae son heridas cuando la emprende con profundidades, y ellas bastan para rechazar la objeción de que haberlo hecho es un sinsentido.
“Lo que puede ser dicho (o lo que viene parar a lo mismo, pensado) mediante enunciados - esto es, mediante el lenguaje - y lo que no puede ser expresado sino únicamente indicado. Creo que éste es el problema capital de la filosofía”.

Uno debe mantenerse a sangre caliente, como durante la pelea, para poder soportar las heridas, para saber sacar de ellas ventaja. Por mucho que en la batalla final la muerte:

“vendrá de noche, cuando todo duerma;
vendrá de noche, cuando el alma enferma
se emboce en vida
vendrá de noche con su paso quedo;
vendrá de noche, y pasará su dedo
por la herida...”

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