“La tierra brinda lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no la codicia de todos”. Lo dijo Gandhi, por lo visto, y hoy lo repiten hasta los economistas para explicar la crisis. No aspiraban los banqueros a que premiasen sus méritos, sino que hartasen sus codicias, y a esto hemos llegado, a pasar de subvencionar al empresario para que sostenga el tinglado, a hacerse cargo de las pérdidas de las transnacionales para que sostengan al Estado mismo. Por codicia del florín, no te cases con el ruin, advertía un dicho popular. Pues bien esto hoy no tiene sentido. Pero que la codicia es quién ha roto el saco, sí.
Otros menos codiciosos pero afectos del síndrome del mal menor vemos como el conformismo se instaura en nuestras vidas. Dejamos de exigir y como por encanto ya no entendemos nada. Ya que nosotros no podemos elegir candidatos lo hacemos entre candidatos elegidos por otros. Este principio democrático lo aplicamos a todas las cosas y lo combinamos con una falta de crédito hacia las palabras de los poderosos que rivaliza con falta de confianza de unos bancos en otros. El que Bush haya intervenido no sabemos a qué keynesianismo desemboca, pero es en todo caso menos malo que no hacer nada, o eso dice, y nosotros si ÉL lo dice, porque él lo dice, no nos lo creemos
¡Qué contento estaba Zapatero por poder presumir una vez más de izquierda y descargar a su gobierno de responsabilidad por una posible mala gestión a base de decir que la culpa es de los americanos, y poder declarar sinceramente que menos mal que está la izquierda, por muy relativa que sea, en el poder, porque si no los recortes a los más desfavorecidos y la socialización de las pérdidas de los bancos serían todavía peores.
Todos sabemos qué hay que hacer, pocos cómo venderlo. Hay que recortar los costes en la producción de nuestro sistema de vida, de acuerdo, pero más importante todavía es el limitar la codicia. Y en un sistema cuyo motor es la codicia ¿cómo hacerlo sin que se paralice todo?
Uno puede dar con una buena terapia a partir de un mal diagnóstico, por supuesto. Pero puestos a dejarse favorecer por la potra, ¿por qué no acertar con un buen pronóstico después de un diagnóstico y una terapia de pena? Por ejemplo, no hay que darle más vueltas, las cosas se arreglarán a pesar de lo que hagamos o de lo que dejemos de hacer, que qué vamos a hacer nosotros, pobres de nosotros. Al menos no nos amarguemos con cavilaciones sin salida.
En algunos de nosotros hay al menos dos payasos, el que no pide más que quedarse donde está y el que se imagina que estaría un poco menos mal más lejos. El “menos mal”, pensamos, al menos nos mueve. Y por mucho que no baste mover para cambiar, ni cambiar para mejorar, el que nada sea absolutamente impeorable ofrece muchas menos dudas.
Comentarios recientes
hace 20 horas 47 min
hace 1 día 11 horas
hace 1 día 18 horas
hace 2 días 20 horas
hace 3 días 23 horas
hace 3 días 23 horas
hace 4 días 21 horas
hace 4 días 22 horas
hace 5 días 12 horas
hace 5 días 12 horas