Decía Freud haber encontrado tras el principio del placer la pulsión de muerte, el gusto por el peligro; en la mente el mismo sistema que tienen algunos seres vivos para mantener la tensión necesaria para mantener activa la vida y alerta la defensa. También se ha dicho que el capitalismo precisa de las crisis para mantenerse operativo, que en cierto modo es como la vida, que muere y renace por doquier. De modo que cuando ahora se nos dice que estos días estamos viviendo algo semejante a la caída del muro, que esta desconfianza internacional en las cosas como habían venido siendo hasta ahora es el acontecimiento precipicio del capitalismo, más de uno levanta la ceja, y como Lucifer, al infierno condenado por alzarle a Dios la ceja, se expone, no tomando esta crisis en serio a ser expulsado del cielo del no tener que pensar en el dinero.
Pero que se ponga en duda por parte de los neocons que cuanto menos Estado mejor, o que Solbes garantice los ahorros de los españoles, sí que hace que un cierto escalofrío recorra el parquet. El elector norteamericano, casualmente ahora convocado, tiene que pagar los desmanes de los banqueros, y eso es difícil de asumir. Los que ayer decían que cuantos menos impuestos mejor, hoy piden subir los impuestos para suplir la insuficiencia del mercado para ajustar las cuentas a los que lo hacen mal. Y eso es difícil de vender. Ya hay quien ve en Obama un nuevo Gorbachov, tanto miedo da el posible cambio.
Para nosotros, que tenemos claro el papel del Estado en mantener la maquinaria capitalista funcionando, que no nos hemos resignado a dejar a la mano invisible la última palabra de la gestión de los recursos, que pedimos, incluso en los caóticos procesos económicos, a nuestros representantes cuentas, el que haya más Estado no nos da miedo más que en la medida en que dudamos que los sistemas políticos estén lo suficientemente maduros para ayudar a promocionar a las personas y equipos más capaces de gestión y apartar a los parásitos e ineptos con la misma mano dura que al mercado se le atribuía, cosa sobre la que nosotros, europeos de hoy, no tenemos ni mucho menos la fe que los bankers estadounidenses y asiáticos dicen tener.
Porque una de dos: o las cosas seguirán más o menos como siempre o van a cambiar. Y si cambian, una de dos o cambian a mejor o a peor. Y ¿Cual es el patrón, la referencia para decir mejor y peor? ¿La suerte de los más desfavorecidos? ¿Es posible que bajando la renta per capita haya más justicia social y no sólo disminuya la distancia entre ricos y pobres, sino que los pobres estén mejor? ¡Ya vale con eso de que la única manera de que a los pobres les vaya algo mejor esa que a los ricos les vaya mucho mejor!. Si con esta crisis eso deja de colar, bienvenida sea.
Volvemos a la palabra clave: "mejor". Es tan difícil decir qué es mejor para todos como fácil pensar qué es mejor para los que no tiene qué comer, o para los enfermos, analfabetos, explotados, entontecidos o entristecidos a los que el sistema condena a aventurarse en las pateras a su alcance. De modo que si esto de la caída de las finanzas obliga a que los primermundistas a replantear actitudes: en hora buena venga. Después de todo incluso Marx pensaba que sin un capitalismo maduro la sociedad socialista era impensable, que sólo en una sociedad burguesa se daban las condiciones de salida para ella.
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