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Vamos a ir hablando un poco del texto de Virno "Gramática de la multitud" (Paolo Virno, publicada por trafis; 2003 (licencia CC))
En este texto, Virno no se prestará más que a ayudar en la interminable -por definición- tarea de simplemente "decir lo que ya tenemos" (y sólo decirlo tiene un efecto digamos que "subversivo"). Tarea esta sobre la que venimos hablando aquí o en la web quizá más en el aspecto "iniciático-teórico" y en torno a varios "autores".
El prefacio empieza así:

    Pueblo vs. Multitud: Hobbes y Spinoza
    [image:4079,right,5,3,1]
    Entiendo que el concepto de «multitud», en oposición a aquel
    más familiar de «pueblo», es un instrumento decisivo para
    toda reflexión que intente abordar la esfera pública contemporánea.

    Es necesario tener presente que la alternativa «pueblo» /«multitud» estuvo en el centro de las controversias prácticas —fundación de los Estados centrales modernos, guerras de
    religión, etcétera— y teórico-filosóficas del siglo XVII. Estos dos conceptos en lucha, forjados en el fuego de contrastes agudísimos, jugaron un papel de fundamental importancia en la definición de las categorías político-sociales de la modernidad.
    Finalmente fue la noción de «pueblo» la que prevaleció. El término
    que se llevó la peor parte, el perdedor, ha sido el concepto
    de «multitud». Para describir las formas de la vida en sociedad y el espíritu público de los grandes Estados recién constituidos, ya no se habló más de multitud sino de pueblo.
    Resta preguntarse si hoy, al final de un largo ciclo, no se reabre aquella antigua disputa; si ahora, cuando la teoría política de la modernidad padece una crisis profunda, la noción que hasta hoy estaba derrotada no muestra una extraordinaria vitalidad, tomándose así una clamorosa revancha.


Ciertamente además nuestro "problema" es que la multitud no sólo es "humana": esa materia oscura "no-reconocida" pero "fundamental" está formada -en esto que hemos venido llamando durante años "modernidad"- no sólo con los "entes" de la representación "popular", del pueblo, sino la representación y la traída al mundo ("reificación") de "nuevos objetos viejos": bacterias, electrones, radiaciones varias, etc. Las armonías o desarmonías de nuestros "entes establecidos" (pueblo, partículas...) seguramente se auto-construyen tocando el ubicuo tambor de ese "tercero excluido preindividual", de la multitud ("vacío", etc.). En cierta forma, la liberación del tercero excluido tanto en el lado "humano" como en el "no humano" del colectivo conformará una especie de causa común, aunque parezca mentira (algunas indicaciones más aquí, para que "vayáis ayudando", gracias). Ahora sigamos con "Gramática...".


Ahora si hacéis el favor, tras citar una frase de Virno que muestra "hacia dónde vamos", le leéis el gran párrafo que seguirá, la frase es esta:
    se percibe de inmediato el hecho de que tanto la dupla público-privado como el par colectivo-individual han estallado, ya no rigen más.


Ahora sigue:

    Las dos polaridades, pueblo y multitud, tienen como
    padres putativos a Hobbes y Spinoza. Para Spinoza, el concepto
    de multitud indica una pluralidad que persiste como tal en
    la escena pública, en la acción colectiva, en lo que respecta a
    los quehaceres comunes —comunitarios—, sin converger en
    un Uno, sin desvanecerse en un movimiento centrípeto.
    Multitud es la forma de existencia social y política de los
    muchos en tanto muchos: forma permanente, no episódica o
    intersticial. Para Spinoza, la multitud es la base, el fundamento
    de las libertades civiles(1).

    Hobbes detesta —uso deliberadamente un término pasional,
    poco científico— la multitud; arremete contra ella. En la
    existencia social y política de los muchos en tanto muchos,
    en la pluralidad que no converge en una unidad sintética, él
    percibe el máximo peligro para el «supremo imperio», esto
    es, para aquel monopolio de la decisión política que es el Estado.
    El mejor modo para comprender el alcance de un concepto
    —multitud en nuestro caso— es examinarlo con los ojos de
    quien lo ha combatido con tenacidad. Nadie se esfuerza más
    en recoger todas las implicaciones y los matices de un concepto
    que, precisamente, aquel que desea expulsarlo del
    horizonte teórico y práctico.

¿No es tentador ver, en la imagen de la derecha, una cierta organización de ese "detestar"? Sigue:


[image:4078,right,5,3,1]

    Antes de exponer brevemente el modo en que Hobbes
    describe su detestada multitud, conviene precisar el objetivo
    que se persigue con este trabajo. Quisiera demostrar que la
    categoría de multitud —tal como ha sido retratada por su
    enemigo jurado, Hobbes— ayuda a explicar un cierto número
    de comportamientos sociales contemporáneos. Después
    de los siglos del «pueblo» y por lo tanto del Estado —Estadonación,
    Estado centralizado, etcétera—, vuelve al fin a manifestarse
    la polaridad opuesta, que había sido abolida en los
    albores de la modernidad. ¿La multitud como último grito
    de la teoría social, política y filosófica? Quizás. Toda una
    gama de fenómenos observables —juegos lingüísticos, formas
    de vida, propensiones éticas, caracteres salientes de la
    producción material contemporánea, etcétera— resulta poco
    comprensible si no se parte del modo de ser de los muchos.
    Para indagar en este modo de ser es preciso recurrir a instrumentos
    conceptuales variados: antropología, filosofía del
    lenguaje, crítica de la economía política, reflexión ética. Es
    preciso circunnavegar el continente-multitud, cambiando
    varias veces el ángulo de perspectiva.

    Dicho esto, veamos brevemente la manera en que Hobbes
    describe, como un adversario perspicaz, el modo de ser de los
    «muchos». Para Hobbes, la confrontación política decisiva es
    aquella que se da entre la multitud y el pueblo. La esfera
    pública moderna puede tener sólo uno de ellos como centro
    de gravedad. La guerra civil, [image:4097,right,5,3,1] siempre amenazante, tiene su
    forma lógica en esta alternativa. El concepto de pueblo, al
    decir de Hobbes, está estrechamente ligado a la existencia
    del Estado; más aún, es una reverberación del Estado, un
    reflejo. Si hay Estado, entonces hay pueblo. En ausencia de
    un Estado, no existe el pueblo. En el libro De Cive, donde
    Hobbes se extiende largo y tendido sobre los horrores de la
    multitud, se lee: «El pueblo es algo que tiene que ver con lo
    uno, tiene una voluntad única y por ende se le puede atribuir
    una voluntad única»(2).

    La multitud, para Hobbes, es inherente al «estado de
    naturaleza», es decir, a aquello que precede la institución del
    «cuerpo político». Pero el lejano antecedente puede resurgir,
    como un «destituido» que regresa para hacerse valer, en las
    crisis que sacuden cada tanto la soberanía estatal. Antes que
    el Estado estaban los muchos, después de la instauración
    del Estado adviene el pueblo-Uno, dotado de una voluntad
    única. La multitud, según Hobbes, rehuye de la unidad
    política, es refractaria a la obediencia, no establece pactos
    durables, no consigue jamás el estatuto de persona jurídica
    porque nunca transfiere los propios derechos naturales al
    soberano. La multitud inhibe esta «transferencia» por su
    propio modo de ser —por su carácter plural— y de actuar.
    Hobbes, que era un gran escritor, subraya con admirable y
    lapidaria prosa el hecho de que la multitud sea antiestatal y,
    por esto mismo, antipopular: «Los ciudadanos, en tanto se
    rebelan ante el Estado, son la multitud contra el pueblo» (ibídem).
    La contraposición entre los dos conceptos es aquí llevada
    al extremo: si hay pueblo, ninguna multitud; si hay
    multitud, ningún pueblo. Para Hobbes y para los apologistas
    de la soberanía estatal del 1600, «multitud» es un conceptolímite,
    puramente negativo: coincide, por lo tanto, con los
    peligros que gravitan sobre la estatalidad, es el detritus que
    cada tanto puede obstaculizar la marcha de la «gran máquina».
    Un concepto negativo, la multitud: aquello que no se
    avino a devenir pueblo, aquello que contradice virtualmente
    el monopolio estatal de la decisión política. Es, en suma, una
    regurgitación del «estado de naturaleza» en la sociedad civil.
    La pluralidad exorcizada: lo «privado» y lo «individual»
    ¿Cómo ha sobrevivido la multitud a la creación de los
    Estados centrales? ¿En qué formas disimuladas y raquíticas
    ha dado señas de sí después de la plena afirmación del
    moderno concepto de soberanía? ¿Dónde se advierte su eco?
    Estilizando al extremo la cuestión, intentemos identificar los
    modos en los cuales han sido concebidos los muchos en tanto
    muchos en el pensamiento liberal y en el pensamiento socialdemócrata
    —es decir, en tradiciones políticas que han tenido
    su indiscutible punto de referencia en la unidad del pueblo.
    En el pensamiento liberal, la inquietud provocada por los
    «muchos» es domesticada mediante el recurso al par públicoprivado.
    La multitud, que es la antípoda del pueblo, toma el
    semblante un poco fantasmagórico y mortificante de lo así llamado
    privado. Es decir: inclusive la díada público-privado,
    antes de devenir obvia, se ha forjado entre lágrimas y sangre
    en mil contiendas teóricas y prácticas; lo cual ha producido un
    resultado complejo. ¿Algo hay más normal para nosotros que
    hablar de experiencia pública y experiencia privada? [image:4099,right,5,3,1]Pero esta
    duplicidad, esta bifurcación, no siempre se dio por descontada.
    Esa obviedad fallida nos interesa porque hoy, acaso, estamos
    en un nuevo siglo XVII, es decir en una época en la cual
    las viejas categorías explotan y es preciso acuñar otras nuevas.
    Muchos conceptos que parecían extravagantes e inusuales
    —la noción de democracia no representativa, por ejemplo—
    ya tienden, quizás, a urdir un nuevo sentido común,
    aspirando a su vez a devenir ellas también «obvias». Pero volvamos
    al camino que habíamos empezado a trazar. «Privado»
    no significa solamente algo personal, que tiene que ver con la
    interioridad de Fulano o Mengano; privado significa ante
    todo «privo», desprovisto, desposeído: privado de voz, privado
    de presencia pública. En el pensamiento liberal la multitud
    sobrevive como dimensión privada. Los muchos no tienen
    rostro y están lejos de la esfera de los asuntos comunes.

    ¿Dónde encontramos un eco de la arcaica multitud en el
    pensamiento social-demócrata? Tal vez en la dupla colectivo-
    individual. O mejor, en el segundo término, en la dimensión
    individual. El pueblo es lo colectivo; la multitud está
    ensombrecida por la presunta impotencia, cuando no por la
    incontrolable intranquilidad o agitación, de los individuos
    singulares. El individuo es aquel resto no influyente de
    divisiones y multiplicaciones que se realizan lejos de él. En
    aquello que tiene propiamente de singular, el individuo
    parece inefable. Como inefable es la multitud en la tradición
    social-demócrata.

    Conviene aquí anticipar una convicción, que enseguida
    aflorará en mi discurso. Creo que en las actuales formas de
    vida, como también en la producción contemporánea —a
    condición de que no se reduzca la producción -cargada
    como está de ethos, de cultura, de interacción lingüística- al
    análisis econométrico, sino que se la entienda como experiencia
    intensa, profunda del mundo— se percibe de inmediato
    el hecho de que tanto la dupla público-privado como el
    par colectivo-individual han estallado, ya no rigen más.

    Aquello que estaba rígidamente subdividido, se confunde y
    se sobreimpone. Es difícil decir dónde termina la experiencia
    colectiva y dónde comienza la experiencia individual. Es
    difícil separar la experiencia pública de la así llamada experiencia
    privada. En este enturbiamiento de las líneas de frontera
    colapsan, o al menos devienen poco fiables, las dos categorías,
    la del ciudadano y la del productor, tan importantes en
    Rousseau, Smith, Hegel y después, ya como blanco de una
    polémica, en el propio Marx.
    [image:4080,left,5,3,1]
    La multitud contemporánea no está compuesta ni por
    «ciudadanos» ni por «productores». Ocupa una región intermedia
    entre lo «individual» y lo «colectivo». Para ella no
    vale de ningún modo la distinción entre «público» y «privado
    ». Y es justamente a causa de la disolución de estas duplas
    durante tanto tiempo tenidas como obvias que no se puede
    hablar más de un pueblo que converge en la unidad estatal.
    Para no entonar canciones desafinadas de cuño posmoderno
    —«lo múltiple es lo bueno; la unidad es la calamidad de la
    cual hay que cuidarse»—, es preciso reconocer que la multitud
    no se contrapone al Uno, sino que lo redetermina.

    Inclusive los muchos necesitan una forma de unidad, un
    Uno: pero —aquí está el punto clave— esta unidad ya no es
    el Estado, sino el lenguaje, el intelecto, las facultades comunes
    del género humano. El Uno no es más una promesa, sino
    una premisa. La unidad no es más algo —el Estado, el soberano—
    hacia lo cual converger, como en el caso del pueblo, sino
    algo que se deja atrás, a las espaldas, como un fondo o un
    supuesto. Los muchos deben ser pensados como individuación
    de lo universal, de lo genérico, de lo común compartido.
    Así, simétricamente, cabe concebir un Uno que, lejos de ser
    algo conclusivo, sea la base que autoriza la diferenciación,
    aquello que consiente la existencia político-social de los
    muchos en tanto muchos. Digo esto sólo para subrayar que una
    reflexión actual sobre la categoría de multitud no soporta
    simplificaciones extasiadas ni resúmenes audaces, sino que
    ha de afrontar problemas ásperos: sobre todo el problema
    lógico —a reformular, no a remover— de la relación
    Uno/Muchos.

Ahora en este pequeño apartado presenta lo que va a hacer en el resto de este pequeño texto de "Gramática...".

    Tres aproximaciones a los Muchos:



    Las determinaciones concretas de la multitud contemporánea
    pueden ser enfocadas desarrollando tres bloques temáticos.
    El primero es muy hobbesiano: la dialéctica entre miedo
    y búsqueda de seguridad. Está claro que incluso el concepto
    de «pueblo» —en sus articulaciones propias del siglo XVII, o
    liberales, o social-demócratas— participa de una unidad con
    ciertas estrategias desarrolladas para conjurar el peligro y
    obtener protección. Sostendré, sin embargo, en la exposición
    de hoy, que las formas del temor y los correspondientes tipos
    de reparo a los cuales estaba conectada la noción de «pueblo
    » están en retirada, tanto en el plano empírico como en el
    plano conceptual. Prevalece, en cambio, una dialéctica
    temor-reparo totalmente distinta: ella define algunos comportamientos
    característicos de la multitud actual. Miedoseguridad:
    he aquí un tornasol, una moneda de dos caras,
    filosófica y sociológicamente relevante, que demuestra que la
    figura de la multitud no es «un jardín de rosas»; y ayuda a
    individualizar las espinas y venenos específicos que anidan
    en ella. La multitud es un modo de ser, el modo de ser que
    hoy prevalece: pero, como todo modo de ser, es [image:4102,left,5,3,1]ambivalente,
    contiene en sí peligro y salvación, aquiescencia y conflicto,
    servilismo y libertad. El punto crucial, sin embargo, es que
    estas posibilidades alternativas tienen una fisonomía peculiar,
    distinta de aquella con la cual aparecían en la constelación
    pueblo/voluntad general/Estado.

    El siguiente tema, que trataré en la segunda jornada, es la
    relación entre el concepto de multitud y la crisis de la antiquísima
    tripartición de la experiencia humana en Trabajo, Política
    y Pensamiento. Se trata de una subdivisión propuesta por
    Aristóteles, retomada en el siglo XX sobre todo por Hannah
    Arendt, instalada hasta ayer en el sentido común. Una subdivisión
    que ahora, no obstante, se rompió en pedazos.
    El tercer bloque temático consiste en recorrer ciertas categorías
    con el objeto de decir algunas cosas acerca de la subjetividad
    de la multitud. Examinaré sobre todo tres: el principio
    de individuación, las habladurías y la avidez de novedades.
    La primera es una austera cuestión metafísica que en
    los últimos tiempos ha sido injustamente dejada de lado:
    ¿qué es aquello que vuelve singular a una singularidad? Las
    otras dos tienen que ver, en cambio, con la vida cotidiana.
    Ha sido Heidegger quien confirió a las habladurías y a la
    curiosidad la dignidad de conceptos filosóficos. El modo en
    que yo hablaré de ellos, si bien se vale de ciertas páginas de
    El ser y el tiempo, es sustancialmente sin embargo no-heideggeriano
    o anti-heideggeriano.


Notas:

1. Spinoza, Tratado político, Madrid, Alianza Editorial, 1986 [1677]

2. Hobbes, De cive, 1642, XII, 8; trad. esp., Del ciudadano, Madrid, Tecnos,
1987.

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notita


Otro texto "maravilloso" de Virno ya publicado: "cuando el verbo se hace carne"([2]), apoya aquello que decíamos al principio de un simple "ayudar en la [...] tarea de "decir lo que ya tenemos" ".
 

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