La televisión: residuo no-socialista y necesidad de intervención social.

El origen del punto de vista: el Gag de Santiago Alba Rico

Leía hoy el siguiente texto en Rebelion.org, el cual me hace pensar más aún sobre la influencia negativa de los medios de comunicación en la sociedad:

3. ¡Qué bueno!, llegamos al tema TV. ¿No te parece que si la exposición de los objetos en la TV los despoja de consistencia es porque muestra -y "mira"- según la lógica del sistema político-económico en que se desarrolla?

Esta es el dilema que es vital aclarar y en Venezuela tenéis la oportunidad de resolverlo con los propios medios. Pero te diré que no creo en la neutralidad de los objetos y mucho menos, claro, de esos objetos totalitarios que llamamos "tecnológicos". No cabe duda de que las pantallas de televisión están llenas -por simplificar- de capitalismo; y que el capitalismo, en términos antropológicos, consiste en convertir todos los objetos en cosas de comer y todos los órganos, incluida la vista, en parte del aparato digestivo. Eso quiere decir que todos los objetos aparecen en el mercado -al margen de su valor de uso- como puras imágenes, pero como imágenes ofrecidas a la digestión visual y no a la contemplación narrativa. Esta lógica del mercado se cierra precisamente en la televisión, que impone sus propios ritmos y sus propios tiempos de atención. El formato tecnológico mismo, que sólo permite una concentración superficial y muy provisional, y que sólo engancha un ojo pasivo -un ojo lactante-, se ajusta muy bien a esta conversión de los objetos espaciales en objetos temporales (comestibles), cuya máxima expresión sería el spot publicitario de una marca de comida: nos comemos al mismo tiempo el yogurt y la imagen del yogurt, la hamburguesa y su marca. La televisión fue concebida para la propaganda y sólo sirve para eso; y por desgracia el capitalismo sabe hacer propaganda mucho mejor que el socialismo; de hecho ha inventado procedimientos tan vanguardistas, tan innovadores, estéticamente tan sofisticados, tan antipuritanos y rupturistas, que su formato audiovisual (el del gag o haiku visual) es en algún sentido insuperable.

4. Alguna vez dijiste que la TV era incompatible con el socialismo. ¿Mantienes tu posición?

La mantengo, al menos como hipérbole provocativa que ilumine los peligros de aceptar acríticamente el carácter neutral -y potencialmente emancipatorio- de la televisión y de la tecnología en general. Insisto en mi argumentación anterior. Hay cosas que un artefacto no nos permite hacer y hay cosas que un artefacto nos obliga a hacer. Con un martillo, por ejemplo, no podemos coser un botón; un martillo, al mismo tiempo, nos obliga a cerrar el puño, a doblar el brazo, a dirigir con precisión una determinada -ni más ni menos- cantidad de fuerza. Un martillo, en todo caso, es una herramienta, frente a la cual podemos mantener con relativa facilidad nuestra independencia. Una televisión -por no hablar de un ordenador conectado a internet- es más bien un órgano. Una televisión se impone a nuestro cuerpo como se impone nuestro riñón o nuestro hígado, y por eso la única libertad posible frente a ella va acompañada de un grado tal de violencia -el "off" de la televisión concebido como eutanasia o asesinato, incluso como suicidio- que la pantalla se nos impone también por la angustia que produce enfrentarse a ella. Esto es particularmente cierto en sociedades capitalistas donde las condiciones laborales y las penalidades cotidianas convierten la televisión en un poderoso ansiolítico: cuando todo falla, cuando todo se viene abajo, cuando se apagan las fuerzas del cuerpo y del alma, ella sigue encendida. Pero esta tiranía, no nos engañemos, forma parte de la propia tecnología y de estos formatos ya insuperables -de los que no se puede volver atrás- que imponen un ritmo de conciencia incompatible con el socialismo (que es narración, planificación, decisión, análisis). El socialismo tiene que aceptar -digamos- residuos no-socialistas, incluidos los accidentes de tráfico y la varicela. Contra la televisión, como contra los accidentes de tráfico y la varicela, tendrá que tomar medidas preventivas a partir del presupuesto de que el ser humano no es -como ahora lo imaginamos- una criatura-que-ve-la-televisión sino una criatura que se intercambia símbolos en un espacio común. Por eso, al menos cuatro medidas socialistas contra el no-socialismo televisivo se me ocurren: expropiación y socialización de todos los canales, reducción del número de pantallas en el espacio público, reducción de las horas de emisión y expulsión de los aparatos fuera del ámbito doméstico para instalarlos en salas compartidas (puede haber una en cada cuadra, por ejemplo). En cuanto al contenido, serán los ciudadanos, no los espectadores, los que lo decidan y tendrá que ver -claro- con la propaganda, la cultura y la información: mensajes institucionales (cuándo, por ejemplo, hay que vacunar a los niños), retransmisiones deportivas y musicales y buenos noticiarios. Eso es lo único que la televisión puede ofrecer y que no podemos encontrar en otra parte o de otro modo.

Extracto de "El socialismo tendrá que adoptar medidas preventivas contra la televisión", entrevista a Santiago Alba Rico por Veruscka Cavallaro para diversos medios, entre ellos Rebelion.org

Casos de los que fui testigo

Recuerdo hace días ir en Metro leyendo Medios Violentos de Pascual Serrano, y sorprenderme en la imperiosa necesidad, acallada por los rastros de mi conciencia liberalista, en hablar con una madre.

Una parada antes, la mujer había entrado con sus dos hijos, una niña y un niño, en el vagón. Los niños, revoltosos por naturaleza a esa edad, bromeaban entre si ante la evasión de su madre, seguramente en sus problemas cotidianos. Ella les pedía que no se alterasen. Entonces, el chaval levantó la mirada para ver una de las televisiones instaladas en algunos vagones del Metro. El joven empezó a comentarlo con su madre: "Mira mamá, ¡una tele!". Al oirle, al lado mia, levanté la mirada. Anuncios, y anuncios y más anuncios. Marcas, trailers, comida... Tras dos comentarios, sonrisas incluidas, sobre lo que estaba viendo, el niño finalmente se quedó absorto mirando la pantalla. Su hermana hacía lo mismo desde algún momento antes. Su madre no resistió mucho más: finalmente se quedó mirando la pantalla igual que sus hijos. Al poco rato, yo mismo, que había estado observando la escena tras mi libro, caí en la cuenta de que me había pasado lo mismo: estaba mirando la pantalla sin apartar la mirada. La rabia de algo tan absorvente que es capaz de desactivar el razonamiento humano me hizo pensar que debería sugerir a aquella mujer que impidiera a sus hijos ver la televisión, o aprenderían a fiarse de los que allí salen más que de su propia madre. No lo hice, pero aún pienso que debí hacerlo.

Más llamativo fue un caso similar: en cierto momento dado, hace unos días, me fui al sofá a ver la televisión un rato, a la hora en la que sé que echan algo que me gusta ver. Allí estaban mis compañeras de piso, preparandose para cenar. Mientras conversaban, entraban al salón con sus alimentos, para sentarse en la mesa. No es que sea una situación extraordinaria, sino más bien cotidiana: es lo que pasa todos los días. Una de ellas hablaba. Se sentaron. Empecé a fijarme: la que hablaba, hablaba sola. La otra, miraba absorta la televisión, con la boca abierta, y subía el volumen. La que intentaba decir algo, finalmente preguntó Oye, ¿me escuchas?. La otra tardó unos 10 segundos en volver a sí, mientras yo sonreía por fuera y me preocupaba por dentro. Finalmente, ante el silencio, dijo: ¿Eh? ¡Ala tia! ¡No te estaba escuchando! Es que cuando me pongo a ver la tele me quedo ahí... ¡jo'e'! ¡creo que estaba con la boca abierta y todo!. Finalmente, solté una pequeña carcajada, subiendo mi mano izquierda a la frente. Estudian psicología. Me pregunto si se preguntarán algo más sobre estos sucesos...

El problema nos rodea: amigos y familiares...

La última vez que fui a Madrid, donde vivía antes, quedé con un amigo para hacer algo, lo que fuese que le apeteciese. Tenía en idea ir a tomar unas cañas, o algo por el estilo. Finalmente, el plan fue toda la tarde ver la televisión en su casa. Después, para variar, hicimos lo propio en casa de su novia: ver la tele. No estamos hablando precisamente de gente que aspire a la acumulación de capital, sin embargo se las saben todas. Todo lo que sale por televisión, está en sus cabezas. Se alimentan unos a otros, comentando las verdades que les llegan. Verdades falsas, por otra parte.

La compañera de piso que antes quería ser escuchada, sin ir más lejos, todos los Miércoles por la noche ve una pésima teleserie basada en frivolizar y exagerar hasta el extremo las vidas de adolescentes de instituto. "Es sagrado", dijeron un día a dos voces ella y una amiga que vino de visita. Absorta, durante dos horas se mantiene con la boca medio abierta, casi sin pestañear, consumida por el contenido televisivo. La frase que más me ha repetido desde que la conozco es la falacia del siglo, la cual inculca el liberalismo mediante su propaganda en televisión: cada cual es como es; es la naturaleza humana; a cada cual le gusta una cosa. Lo dice una futura psicóloga, bien amaestrada por la televisión. Según me comentó un día, incluso ha estudiado la psicología tras propaganda en su carrera. Eso si, es evidente que usó sus conocimientos para aprobar, sin profundizar en que aquello es una realidad esclavista. Las únicas noticias que suele conocer vienen de ahí, de la televisión, de un solo programa. Concretamente del noticiero cuya estructura es más inmutable de todas: sangre, lideres, futbol, clasificaciones frivolas y publicidad. Un Gag detrás de otro.

Mi madre, sin ir más lejos, teniendo en casa un aparato que le permite grabar lo que quiere ver, desterrando lo que no, nunca se dió cuenta, hasta que se lo dije, que podía elegir lo que quería ver. Hasta ese momento, simplemente veía lo que echaban cuando lo echaban. Si una virtud tienen esos aparatos con discos duros es que permiten librarse de la publicidad explícita. Incluso permiten ver dos contenidos buenos, aunque los echen a la misma hora, o cuando no estás en casa, sin tener que ver forzosamente lo que otros eligen que veas. No olvidemos, en todo caso, que el acto de elegir a priori lo que uno quiere ver, en lugar de simplemente cambiar de canal hasta dar con algo que te absorva, es un esfuerzo extra.

Cinco minutos de televisión

Preparando las pistas para el álbum que, cuando esté preparado, lanzaré por Jamendo, ayer hice una grabación de 5 minutos de audio de la televisión. Jamás había caido en la cuenta, hasta hace unos meses, de que 5 minutos de televisión, cambiando los canales, podía dar para tanto en cuanto a información capitalista. En una cadena hablaban de casos de corrupción. En otra, denigraban a Venezuela y Cuba. Pasando por las noticias de los canales informativos, solo se podían ver Gags sobre la guerra: muertos en Pakistán, elecciones en Afganistán, futuras cumbres internacionales... En otro canal, dos mujeres hablaban sobre las virtudes de un nuevo maquillaje, recomendandolo ferviertemente para todo el mundo. La grabación de desgració por problemas de software en mi ordenador: el programa de grabación, como si de una metáfora se tratase, acabó por bloquearse, a pesar de que otras veces he hecho grabaciones mucho más largas y pesadas. Pero tengo por seguro que, cuando haga la siguiente grabación, será igual de buena. Ya hice dos antes de disponer del micrófono que tengo ahora, con el integrado de mi portatil, que son malas porque el sonido es malo, pero buenísimas en cuanto a la muestra contenida. Solo cinco minutos de televisión. Cinco minutos cuales quiera.

Lo que no se cuenta sobre la televisión

La televisión es un sistema de propaganda capitalista. Sin ir más lejos, los encargados de las emisiones son empresas de estructura liberalista, incluso en el caso de los entes públicos televisivos, que actúan como geneadores de productos propagandisticos. Ante la idea de las mayorías de que en la televisión solo se ve televisión, o de que en las noticias lo único que hay son noticias - algo que he escuchado millones de veces, donde tu ves una conspiración yo solo veo una noticia -, en realidad no nos es ajeno el concepto de producto televisivo, que nace, crece, decrece y muere, siguiendo la estructura temporal de ciclo productivo de Schumpeter - de la que deviene su teoría del empresario innovador, eje motriz del sistema productivo capitalista -.

Las empresas dedicadas a las emisiones televisivas son empresas capitalistas, o que aspiran a la acumulación de capitales. Para ello, aprovechan la plusvalía generada por la especialización de sus trabajadores, así como de la confianza en el producto de los telespectadores, y de la propaganda de intermediarios - que es de donde provienen los ingresos directamente -. Como ya comente en la que llamé Teoría Socio-Política de Acumulación de Capitales, esos son los elementos clave del capitalismo.

El medio como herramienta contra la conciencia crítica

La televisión, como vemos, es nociva para la conciencia crítica. Produce la sensación de que no es necesario hacer nada, ni pensar nada, porque ya hay quien lo hace por nosotros. Nos dice qué comprar, cuándo hacerlo, y reclama nuestras emociones para que dejemos de lado la razón. Toda una herramienta de esclavismo, si lo pensamos bien: evita que elijamos y que pensemos por nosotros mismos.

Incluso, si vamos más allá, veremos que la propia televisión se retroalimenta a si misma. Nos indica qué ver y cuándo. Por su parte, la programación cada día va a peor, cada vez es más patética.

Ella solita, ha conseguido que la gente odie al diferente y valore sobre todas las cosas lo propio. Su capacidad de acabar con la crítica es superior, incluso, que la de Internet. Más aún, existe retroalimentación constante entre Internet y la televisión. La propaganda llega a ser oculta, como en el caso de las redes sociales: la televisión las promociona a más no poder, y tiene presencia en ellas, una propaganda que, claro, no es evidente. El otro día lo comentaba con un conocido: meten publicidad de redes sociales en las noticias. Él me comentaba que no había visto nada de publicidad, solo noticias que hablaban de redes sociales, o programas donde las usan como foros. "No veo nada de malo en ello", decía. He ahí la propaganda, que aun siendo evidente para mi, para otros es subliminal.

Amedrenta, mete miedo. Hace que uno quiera recluirse y tenga cuidado de lo que hace y dice. Su función hacia ese fin, en el liberalismo, es más efectiva que cualquier tipo de censura o de droga.

La necesidad imposible de saciar

La sociedad, entendida como ente meramente consciente de sus necesidades, independiente de la influencia de los medios de comunicación, y sobretodo de la televisión, puede ser la única que lo arregle. Su asalto a los medios de comunicación necesita inmediatez y rotundidad. Debemos ser todos, juntos, los que acabemos con los métodos, las formas y el fondo que se utilizan para mostrar los contenidos.

Solo hace falta una disposición social a día de hoy inexistente. La sociedad ama a la televisión, es su amiga. Incluso, gracias a su propaganda, las gentes creen que la televisión refleja los hábitos sociales, culpando a la sociedad de lo que ven por televisión, pero sin ánimo participativo. Incluso, cuando aparece algo de ánimo participativo, la televisión sabe absorverlo para sus propios intereses propagandisticos. Hace que las gentes piensen que tienen el control. Con eso, ya no hay necesidad de apagarla.

La aspiración socialista, desaparecida en la vida social, sería la única salida. Es necesario rebelarse.

Vota este artículo

Selecciona una opción.