Lázaro cuenta el milagro de Jesús, que le levantó de entre los muertos. Le dice a su amigo: Andé, andé y andé. Anduviste, jodío, le dice, harto ya el pobre hombre. Bueno, anduve jodido... pero andé. He andado y andado por Madrid este viernes pasado. Horas y horas, un poco flaneando, haciendo de Borges, o de Juan Ramón a lomos de Platero, “yo le dejaba ir a su antojo y él me llevaba donde yo quería ir”.
Vivo en Barcelona, por pura cortesía me preguntan mis amigos, que los viernes trabajan, que qué me ha parecido el paseo. Hombre no hay bicis, apenas motos, pero esto ya lo sabíais ¿no? Pero hay otra diferencia, en un día de sol radiante nadie iba con sombrero. Nadie que yo haya visto, y me he fijado, porque yo sí lo llevaba. La población es más uniforme por aquí, digo, por ver que pasa. Me dicen que se ha perdido la costumbre de ir cubierto, que eso es todo. Que Barcelona tiene puerto. Bueno menos mal que no me han dicho que debe ser porque por allí hay muchos más catalanes que por aquí. Las palabras de Pla, “los catalanes tenemos demasiado miedo a hacer el ridículo... los madrileños demasiado poco”, parece que hoy ya no tienen el mismo sentido que ayer.
Un caballero andante sin sombrero es una triste figura; la caballerosidad, otra cosa; un saludo, un saludo menor. Hoy sólo lleva la cabeza cubierta el policía, el que va en moto y algún que otro ciclista o pirado. Al saludar cuando uno lleva sombrero hay que descubrirse, y hacerlo con la mano contraria del lado por donde pasa el saludado. Hoy eso es innecesario porque la diferencia entre conocidos y saludados se ha perdido. Además andamos como si pudiéramos “hacer” un amigo en cualquier parte mucho menos que antes.
Según un proverbio bedú una cabeza descubierta muestra un corazón poco generoso. Cuando el sol apriete se verán sin duda más sombreros que en estos días de primavera en los que da gusto que nos dé el sol. Pasear con sombrero es como hacerlo con bastón, alardear de que no se va, en realidad, a ninguna parte. La clase ociosa muestra que tiene el tiempo en sus manos, los chinos ricos se dejaban crecer la uñas, para mostrar a las claras que otros se ocupaban de ciertas cosas por ellos.
Las lagartijas trotacalles encorsetadas y con grandes sombreros, que caminaban por las calles de París solas o de dos en dos, con perro peinado con esmero y de raza pequeña, seguían mostrando “la capacidad de pago de su señor” mientras “el señor” estaba con las sirvientas.
Un traje barato hace un hombre barato. Gran parte del encanto atribuido al zapato de charol, a la ropa blanca impoluta, al sombrero de copa y al bastón que realzan en gran manera la dignidad natural de un caballero, derivan del hecho de que sugieren sin ningún tipo de duda que el usuario no puede, así vestido, echar una mano en ninguna tarea que sirva de modo directo e inmediato a ninguna actividad humana útil.
Algunos pensaban que al ponerse el sombrero ponían una especie de segunda residencia a su cabeza. Decía Ramón, uno de los más resueltos defensores del sinsombrerismo, que “Cuando vuela un sombrero parece que ha escapado con todas las ideas de su dueño”. Parece que Madrid le recuerde todavía.
Cuando era niño no llevaba nadie gafas de sol. Las primeras gafas de sol no protegían al ojo, sino que limitando la contracción del iris, permitían que llegara más radiación, que se opacificara antes el cristalino y conos y bastones antes se fatigaran. Luego llegaron las que dicen que filtran... las operaciones de cataratas se hacen a gente cada vez más joven.
Los sombreros idos hablan de la caballerosidad perdida, las gafas de sol que todos llevamos, del florecer de la sevicia, del bandidaje. Lo de la confusión de la igualdad con la uniformidad es sin duda mucho más entristecedor. ¿Para qué hablar de ello?
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