El dar con la palabra exacta es un verdadero un don. Después de ver que el mundo era bueno, aquel Dios, del que se dijo que los nombres no nombran, parece que dejó al hombre la tarea de poner nombres a todas las cosas; hasta que un mal día, harto ya, viendo que el aplicarse tan bien en nombrar acercaba la tierra al cielo, les condenó a malentenderse por causa de las palabras. Ellos dejaron de poner el nombre de Dios en vano y llamaron azar al azar. Y “misterio del paso del tiempo” al misterio del paso del tiempo. Ahora ya sólo son los ateos los únicos en cumplir el mandamiento esencial bíblico: ni hablar de Él, ni pronunciar su nombre que es impronunciable.
Desde la noche de los tiempos, poéticamente habita el hombre la tierra. En nombre de principios pretende, por mantener su buen nombre se afana, por perpetuarlo busca esposa, y con mayúscula lo encabeza como propio. Al decir algo en nombre propio, sin embargo, uno se engaña, ya que no es en absoluto en el momento en que uno se toma por un yo, una persona o un sujeto, cuando habla en su nombre. Al contrario, un individuo adquiere su verdadero nombre como consecuencia del más severo ejercicio de despersonalización, cuando se abre a las intensidades que le atraviesan de parte a parte, a las intensidades que le recorren. La conciencia entendida como la primera degradación, poner palabras a los pensamientos, la segunda. La vida es una sucesión de insignificantes e irónicas degradaciones.
El camino hasta aquella niña que hasta no saber lo que decía no podía saber lo que pensaba está claro. Hoy algunos, al escribir recibimos noticias de las multitudes que nos despueblan.
Queremos saber quienes somos, o al menos ponernos un nombre, como a un recién nacido y buscamos uno para nosotros mismos, al que nos reducimos, en el que descansamos del tener que aguantar cómo somos. Pretendemos a nuestro respecto "calidad de vecino". Como decía el narrador del libro de la búsqueda del tiempo perdido: “No sabíamos cómo era el Señor de Charlus porque sabíamos perfectamente quién era”, no deberían saber nuestro nombre más que los que no saben como somos. En este sentido algunos, mi querido suegro sin ir más lejos, no se giran al oír su nombre porque no reconocen la voz del que les llama. Otros no descuelgan el teléfono si no les llama alguien conocido. Pero en general cabe preguntarse por si hay alguna razón para que los nombres de persona se olviden con especial facilidad.
Resulta tranquilizador que cuando nos piden el nombre nos pidan además los apellidos, parece entonces que estamos dando el nombre de otro, por el que queremos ser tomados. Como esos “Privado” que preguntan que si eres el que dicen para iniciar una relación, y pretenden venderte algo. Vienen ganas de decir como Ulises a Polifemo: Mi nombre es Nadie. Nadie al aparato.
La evidencia del sujeto como único, irremplazable e idéntico a sí mismo: la respuesta absurda y natural “¡Soy Yo!” a la pregunta “¿Quién es?” es un eco de la observación; es “evidente” que yo soy la única persona que pudo decir “yo soy” cuando hablo de mí mismo.
El hecho de que el sujeto siempre ha sido “un individuo interpelado como sujeto”, lo ilustra el maestro airado cuando suelta lo de que: “¡Señor Fulano de Tal, recuérdeme su nombre!”, orden que enmascara su afinidad con la operación policial, de asignar y verificar identidades. Lo que está en juego es que: la evidencia de la identidad oculta el hecho de que se trata del resultado de una identificación-interpelación del sujeto, cuyo origen ajeno es, sin embargo, “extrañamente familiar” para él.
El que digan nuestro nombre puede ser bueno o malo. En algunos sitios al oír nuestro nombre se espera que digamos: ¡presente! como si despertáramos de un sueño, también cuando queremos despertar a alguien solemos llamarlo por su nombre, por mucho que no sepamos nunca si tratamos con un sonámbulo, y si en su sueño está andando hacia el abismo o por la arista. En el primer caso, al oír su nombre caerá al suelo y se librará del abismo, en el segundo al despertar perderá el equilibrio y se precipitará en él.
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